Carta a mi yo de hace 25 años

Querida Felicidad:

Sé que acabas de salir de la librería de tu barrio con los ojos llorosos y un tremendo nudo en la garganta. De todo lo que te ha dicho el librero tras leer tu primera novela, que tu madre le pasó con toda la buena intención del mundo, solo has sacado una conclusión: que dejes de escribir porque no es lo tuyo. También sé que, con cada paso que des de vuelta a casa, el orgullo irá aflorando, te hará sacudir la cabeza y decir «No me da la gana. Pienso seguir escribiendo lo que me apetezca». Muy bien.

Sin embargo, ese mismo orgullo te ha hecho sacar una conclusión equivocada. Todo lo que te ha dicho el librero son buenos consejos, pero entiendo que no lo hayas visto así. «¿Por qué no pruebas a escribir cuentos en lugar de ponerte directamente con una novela? —te ha comentado–. ¿Por qué no buscas escenarios más cercanos y que conoces, como Valencia, en lugar de Greenville, Estados Unidos? Y en vez de usar nombres como Karen, ¿qué tal llamarla Alicia?». Pero claro, qué va a saber él. Lo que se vende son novelas, no cuentecitos; y tú no lees a Pepe Castillo, sino a autores como Wachupichu Flowers, que son los que molan, aunque no le hayas dado un tiento ni una sola vez a don Pepe. No hace falta leerlo; con ese nombre, seguro que es malo, ¿verdad?

Los años irán pasando, y seguirás escribiendo. Lo necesitas, aunque solo sea para que te lean tus amigos; o al menos eso es lo que te dices porque, secretamente, aspiras a que alguien te publique algún día. De hecho, en dos ocasiones mandarás novela a una editorial que te rechazará (tú no lo sabes, pero tienen toda la razón del mundo), y eso te lo tomarás como un fracaso, la confirmación de que jamás vas a ser capaz de publicar. No, no es eso, Felicidad, es que aún es pronto porque estás sin pulir. ¿Por qué si siempre has sido alumna de diez en la asignatura de Lengua y nunca has fallado al hacer un análisis sintáctico? Pues muy sencillo: porque el nivel que te enseñaron en la escuela y en el instituto no es suficiente. No basta con no cometer faltas de ortografía o fijarte cómo se colocan los guiones largos, por ejemplo. El orden de las palabras y las frases importa, las comas no son pausas (como te explicaron en su día), el gerundio no se utiliza como has visto en las novelas traducidas del inglés… Hay mucho más, y hasta que no lo estudies en serio seguirás siendo amateur.

Ya, ya. Ya sé que más adelante intuirás que van por ahí los tiros y, durante años y años, pasarás tus novelas a otros con la esperanza de que alguien te diga de una vez por todas qué estás haciendo mal. Pero es que, verás, querida, por muy buenas intenciones que tenga esa gente, por muy entusiasta que sea, por mucho que sean lectores ávidos como tú, ninguno de ellos es un profesional y, por tanto, nunca desarrollarás como es debido lo más vital: tu herramienta de trabajo. Además, la gran mayoría son amigos tuyos, te quieren y, como comprenderás, no son los mejores críticos.

Todo cambiará a partir de 2005. Imagino que, más que parecerte una eternidad, considerarás un fracaso eso de empezar a publicar de «vieja». Claro, ahora tienes dieciséis años, y todo son prisas. Te han vendido que a los veinticinco estás para casarte y tener hijos. Llegar a los treinta y vivir en casa de tus padres, impensable, ¿verdad? Sé que no me vas a hacer caso, que en la adolescencia cada impedimento, cada rechazo es vivido como una tragedia de la que no vas a poder salir jamás. Bullshit. Te lo digo en inglés porque suena más fisno y porque sé que hasta que no entres en la universidad no vas a descubrir lo liberador que es decir tacos (de momento, sigues siendo una señorita). Tu novelita es un thriller juvenil de misterio, ¿verdad? Pues agárrate, porque te vas a dedicar a escribir ciencia ficción con toda la pasión del mundo. Así pues, que no te ciegue el drama. Nadie encuentra su camino, el de verdad, de la noche a la mañana. Eso solo pasa en las pelis… y en las novelas.

Y aquí estoy ahora, veinticinco años después, escribiéndote esta carta. ¿Por qué? Pues, aunque no lo creas, me acuerdo mucho de ti cuando alguna chica se pone en contacto conmigo para que lea su manuscrito (en serio, te va a pasar, estás en ese punto). Recuerdo esa búsqueda incansable para que alguien te explicara de una maldita vez qué hacías mal, pero también cuando saliste casi llorando de esa librería porque aquel señor no te dijo lo maravillosa que era tu novela y se dedicó a darte consejos que no querías oír. Me alegra muchísimo que, a pesar de malinterpretar sus palabras, decidieras continuar con la escritura. Quizás, de haber seguido sus indicaciones, habrías dado más deprisa con la senda adecuada…, o no. No lo sé. Tu yo de 2017 no se lamenta de ninguna de las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida. Arrepentirse es cansado e improductivo; lo mejor es aprender de los errores y seguir adelante. Pero sí te diré, lo creas o no, que sus consejos ahora son parte de los tuyos. ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?, ¿eh?

Así pues, querida Felicidad, duerme tranquila esta noche. Aún nos queda mucho por hacer, pero vamos por buen camino. Con la llegada de internet lo vas a flipar. ¿Se dice «flipar» en esa época, o es en esta en la que ya no se utiliza esa palabra? Mis alumnos dicen mucho no sé qué de «Está pepino». ¡Sí, profe! ¿Te lo puedes creer? Claro, claro que te lo crees. Qué tonta soy.

Sea como sea, cariño, sé que no va a llegarte esta carta, pero no importa. Estoy orgullosa de que hayas llegado hasta aquí. Cuando veas cierta escena en una película titulada Troya, todo cobrará sentido para ti.

Miles de besos y abrazos por todo lo que aún te queda por sufrir y vivir, aceptar y asumir. Algún día, mirarás atrás y decidirás que ha llegado el momento de compartir tu experiencia. Muchas y muchos no entenderán qué quieres decir, pero sabrás que hay alguien ahí fuera que lo comprenderá perfectamente. Solo con eso sentirás que merece la pena.

Tu yo de dentro de veinticinco años,

Felicidad.

En la piel del otro. ¿Empatía, o costumbre?

La semana pasada leí un artículo muy interesante titulado: Los hombres que no empatizaban con las mujeres. En él se desgranaba la hipótesis de por qué hay tantos que se llevan las manos a la cabeza y se enfurruñan como los nenes cuando un videojuego está protagonizado por una mujer. Pero ojo, no una mujer cualquiera, sino una que en lugar de rezumar sexualidad por los cuatro costados resulta ser… una persona.

Como la aproximación que se hace en el artículo me parece muy acertada, os invito a que lo leáis. De lo dicho ahí, poco más tengo que añadir salvo:

  1. Desde hace años tengo claro que las grandes compañías dentro de la industria del videojuego son cobardes y lo seguirán siendo durante mucho tiempo mientras continúen dando peso a la opinión de los energúmenos.
  2. Dichos energúmenos han encontrado su paraíso en los videojuegos; son muchos, aunque no forman la gran mayoría, y su arma es que saben ser ruidosos hasta reventarte los tímpanos. Hay llorones así por todas partes, pero la gran diferencia entre estos y otros grupos como los Sad Puppies, por ejemplo, es que las grandes compañías sí se bajan las pantalones por ellos [1].
  3. El momento en el que «perdí la fe», aunque de primeras pueda no parecer lo mismo, fue cuando hace ya unos cuantos años salió una entrega de Resident Evil en la que se decidió convertir a Chris Redfield en un armario empotrado de dos por dos. ¿Por qué? Lo explicaba muy bien Daniel Jiménez en un artículo de su ya desaparecido blog, Videojuegos y Sociedad, en el que hablaba del tratamiento de la masculinidad en juegos orientados a un público americano y en los orientados a un público asiático. En unos, los machos de verdad son armarios empotrados que escupen al suelo; en otros, son poderosos en un cuerpo esbelto aunque fibroso. Así, lo que nació como Biohazard, se acabó convirtiendo en una franquicia en la que, por algún motivo, había que adaptar a los americanos, cuando estos ya llevaban años comprando todos los títulos con protagonistas de tamaño normal. Este cambio, a mí me llegó al alma. ¿Qué iba a ser lo siguiente? ¿Poner a mazas en el FF? ¿Cambiar el aspecto del molón de Dante? Lo primero no, pero lo segundo… ya tal. ¿De verdad era una estrategia para vender más cuando ya tenían millones de seguidores a quienes no les importaba?[2]
  4. Si volvemos al tema inicial: Samus Aran iba enfundada en una armadura completa, no se le veía careto y el juego, Metroid, tuvo muy buena acogida en su día. Coñe, hasta acabó siendo una saga. ¿Qué pasó para que no se siguiera por ahí? [3] Quizás no llegó a las cifras de ventas deseadas y la decisión de algún lumbreras fue «Pues demos un paso atrás. Eso sí, gastándonos más en marketing repitiendo lo de siempre».

Dicho todo esto, aunque no os lo creáis, en realidad quería hablar de otra cosa, pero ya me conocéis: me lío y me lío y no paro. Y es que cuando terminé de leer el artículo, de inmediato me vino a la cabeza los juegos de rol, que como sabréis tiene una dinámica simple: vivir aventuras interpretando a un personaje de nuestra elección. Los gráficos 3D los pone la imaginación.

Al igual que ocurrió en su día con los videojuegos, el rol empezó siendo cosa de chicos, y mis sospechas siguen siendo que el juego Vampiro: La Mascarada contribuyó notablemente a la incorporación de féminas entre las filas de roleros. Eso y los roles en vivo de Espada y Brujería. Pero bueno, no voy a profundizar en el tema porque tampoco es de lo que quiero hablar.

La cuestión es que, siendo un campo de nabos, cuando entré en el mundillo me sorprendió el hecho de que no fuera raro encontrar a jugadores (en mesa, claro) que interpretaran de tanto en tanto a personajes femeninos. Algunos hasta me narraban orgullosos las hazañas que habían conseguido a través de ellas; y otros…, pues bueno, tiene que haber de todo en la viña del Señor, y en sus anécdotas era más importante contar lo despampanantes que eran y… zorras. Palabras suyas, no mías. «Si fuera tía y estuviera tan buena, sería una zorra, fijo». Lo dicho: en todas partes cuecen habas. Aunque, ojo, la sexualización del otro no es algo exclusivo de ellos, aunque quizás el tratamiento posterior sea diferente. Claro que hablo solo desde mi experiencia…

A la cabeza me viene ahora mismo el primer personaje masculino que interpreté en mesa. En el juego, creación de un colega mío, el aspecto físico del personaje lo escogías tú, no lo que te saliera en los dados, y decidí que sería un cachas de metro noventa (mulato, creo) que estaba buenísimo y, además, tenía un pollón. ¿Por qué? No sé. Supongo que me pareció un detalle gracioso, como el que elige de pj a una tía con unas tetas enormes.

Por algún motivo que desconozco, a mi máster no le hizo la menor gracia que escogiera esa característica (nunca me lo dijo abiertamente, pero coñe, se notaba), así que siempre se las apañaba para meterme en berenjenales por culpa de eso y porque sí. Aunque si lo pienso ahora, en realidad se limitó a ponerme en las mismas situaciones que viviría una tipa de tetas grandes. En serio, máster, un paquete enorme no hace que automáticamente se te tiren todas las tías encima; como tampoco un pollón convierte a un tío en un salido que se quiere tirar a todo bicho viviente… como las zorras, claro.

Volviendo al tema en cuestión, y siempre hablando desde mi propia experiencia, aunque a alguien le dé por interpretar al sexo opuesto en un juego de rol en mesa, lo cierto es que es algo que haces un par de veces, por experimentar, por ver si eres capaz de ponerte en la piel del otro, y ya. Tened en cuenta que en este tipo de juegos da igual cuántos integren una partida, siempre, siempre la vivirás como protagonista de la historia. Para una mujer, ¿sabéis lo que mola eso? ¿Por qué voy a interpretar a un hombre cuando, por fin, puedo ser lo que quiera?

Quizás, estadísticamente, seamos más empáticas que los hombres (insisto, es un promedio, no un valor absoluto) y de ahí que no nos cueste ponernos en la piel del otro. Ahora bien, tal vez vaya siendo hora de plantearnos lo siguiente: puede que no sea una predisposición de nuestra condición femenina, es que estamos más acostumbradas porque no hemos tenido más remedio. La literatura, el cine, la televisión, los cómics… están plagados de historias con protagonista (o protagonistas) masculino. Si no hubiéramos sido capaces de dejar eso de lado y disfrutar en su lugar de las historias que se cuentan, jamás habríamos sentido el menor interés por ninguno de esos formatos. Cuidadín, eso no significa que ellos no le den importancia a las tramas o a una buena historia. No estoy diciendo eso, ni de lejos. Lo que digo es que ellos no se han visto forzados en todo momento y a lo largo de toda su vida a empatizar con el otro (la otra en este caso), mientras que nosotras, en cambio, lo hemos aprendido desde pequeñas. Era eso, o morirnos de asco porque ningún personaje nos representaba [4].

Así que, aunque parezca mentira y solo en ese sentido, entiendo las reacciones de algunos porque los fuerzan a ponerse en la piel del otro cuando nunca se han visto en esa situación, cuando toda la vida les han dicho que lo que mola es ser un chico, y el mundo ha girado alrededor de ellos para complacerlos (especialmente si son blancos heterosexuales). Lo entiendo, pero no lo comparto ni lo apruebo. Y esto que acabo de decir, querida gente, también es una muestra de empatía [5].

Dicho lo cual, me la suda el formato: que lloren, que lloren mucho, que lloren muy fuerte. Un crío empieza a madurar cuando descubre que no es el centro del Universo. Unos buenos padres dejarán que el crío patalee todo lo que quiera, «Ya se cansará», y que no se salga con la suya. Desafortunadamente, la gran industria de los videojuegos es un mal padre [6].

Aclaración

Por si no ha quedado claro, aunque llevo buena parte de mi vida dándole a los videojuegos, prefiero los juegos de rol, mil veces, por todas las posibilidades que me ofrece. Ahora bien, no es un mundillo exento de machismo, y lo he experimentado en varias ocasiones, sobre todo en roles en vivo. Pero eso daría para otra entrada, así que me limito a comentarlo, y punto. No quiero que penséis que no soy consciente de ello y que todo son alabanzas.

Notas

[1] El paraíso, en realidad, es internet con sus foros, sus chats y demás. Y los juegos online, para qué más. Por otro lado, está claro que hay títulos para contentar a peña como los Sad Puppies, pero no copan los catálogos de las editoriales. Otros ponen penosas calificaciones a la nueva de Ghostbusters, se quejan de la nueva de Mad Max…, pero no bloquean que se sigan haciendo pelis con protagonista femenina. Y así, un largo etcétera en distintos formatos, mientras que en los videojuegos… es otro cantar.

[2] Esto me recuerda a los remakes americanos de películas/animes orientales, donde cualquier rasgo oriental desaparece para poner a actores caucásicos. Da igual que haya millones de fans occidentales que adoren la historia tal cual fue contada. En ese sentido, Hollywood sigue en la era… caucásica.

[3] Y entonces la cagaron. En 2010 decidieron darle otro look. Su aspecto femenino era más importante que ser pragmática. Eso de la megaarmadura que te protege… ya tal. Esto va de que puedo manejar una tía a mi antojo, ¿no?

[4] Hmmm… Eso me daría para escribir un cuento. Una sociedad donde las mujeres son incapaces de empatizar con personajes masculinos a pesar de que se cuente una buena historia. ¿Tendrían su propia literatura marginal? ¿Tendrían siquiera interés por otro géneros literarios? ¿Se venderían tantos libros si las mujeres no se interesaran por obras protagonizadas por hombres? Hmmm y más hmmm.

[5] Por si no ha quedado claro, mi hipótesis es que hombres y mujeres tienen la misma predisposición a la empatía. De no ser así, este mundo sería una mierda: no habría movimientos sociales, no habría apoyo a otros colectivos… Ahora bien, parece que cuando el sexo interviene la cosa se complica y la empatía se reduce (no sea que alguien ponga en duda la identidad sexual normativa, ¿no?). De ahí que si no se cultiva desde la infancia, luego sea difícil despertarla más adelante; a menos que tu personalidad acompañe.

[6] Quiero recalcar lo de las grandes compañías. Hay excepciones, claro, y de repente te encuentras títulos como el Child of Light, por ejemplo, que tiene unas críticas buenísimas y lo protagoniza una cría. Pero son excepciones, no tendencias. En cuanto salen los ruidosos a la palestra, hay que acallar al nene como sea.

Concepción Perea…, ¡te elijo a ti!

AdoptaUnaAutoraHace unas semanas me enteré a través de Twitter de algo que me dejó estupefacta. Y es que dentro del proyecto Adopta una autora, con ¡cuatrocientos! colaboradores y cuatro meses desde que arrancó, nadie había adoptado aún a Concepción Perea. ¿En serio? Gente, mundo, ¿en qué estás pensando?

Por supuesto, ante esta injusticia he decidido sacar tiempo de debajo de las piedras y ponerle remedio: la adopto, porque Concepción, Concha, lo merece de sobra, y os voy a explicar por qué.

Primer encuentro

Conocí a Concha en el Celsius de 2013. En aquella edición, aunque se presentaba el Terra Nova 2 (antología que empezaba con mi novela corta), yo no estaba en la lista de autores invitados. Esos días trabajé en la caseta de Fantífica como azofaifa, explicando a la gente qué era la web, por qué era molona, animaba a que se apuntaran al sorteo de libros… Fue una experiencia de esas que no olvidas, sobre todo la parte en la que se me quedó grabado quiénes me trataban como persona y quiénes no. Me explico:

Está claro que yo solo era una currela y que en un trabajo de cara al público pues te encuentras de todo. Ahora bien, hubo ciertas personas (no diré nombres) que me trataron como si yo fuera «la plebe», negándome el saludo incluso. No le di mucha importancia, como digo: esas cosas pasan; sin embargo, fue revelador que volvieran un rato después a la caseta, todo sonrisas y candor, y me dijeran «Anda, nos han soplado que tú eres la autora de La textura de las palabras. ¿Por qué no nos has dicho nada? ¿Cómo lo llevas?».

Para hipócrita: yo, claro. Fui lo más maja del mundo. A fin de cuentas, formaba parte de mi curro, aunque no dejaba de pensar «Oh, vaya. Así que de repente me he vuelto persona. Antes era la que trabaja por un jornal, como los pobres».

Por otro lado, me encontré justo lo contrario. Gente que se acercaba y me daba conversación porque, bah, es un curro ingrato y pesado, así que se quedaban y me amenizaban la jornada aunque fuera un ratito. Luego, algunos volvían para decirme: «Me acabo de enterar de que eres Felicidad Martínez. Jo, siento no haberte reconocido antes». Por supuesto, me quedé con los nombres y las caras de esta gente. Quizás Concha no lo recuerde, pero no olvido que estaba en este último grupo y que me trató como persona en todo momento. Antes y después.

Primer acercamiento a su obra

En una de estas conversaciones en el Celsius, empezamos a hablar de rol, eso derivó el tema a la creación de personajes femeninos y de ahí a Nicasia, la protagonista de La corte de los espejos.

Todo lo que me estaba contando me pareció superinteresante y, en cierto momento, le confesé que aunque la portada me parecía muy cuca, me había hecho una idea totalmente distinta sobre la novela y que por eso no había tenido el menor interés por ella… hasta entonces. Me iba a hacer con un ejemplar y la iba a leer de inmediato. Y vaya si hice bien.

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Me encanta esta foto de Concepción Perea

Devoré La corte de los espejos en dos bocados. Yo, que arrugo la nariz con novelas de más de cuatrocientas páginas; yo, que antes de los treinta decidí que la fantasía no es mi rollo. Pues me enganché desde el arranque, me enamoré de Nicasia… Aunque no dejaba de tener la sensación de que estaba ante el JdR Changeling (por las razas que se describen; mitología feérica de siempre y que solo conocía a través de este juego), la historia era mucho más adulta; el mundo, gris; los personajes, complejos. Incluso cuando en cierto momento de la novela la trama se ralentizó leí al mismo ritmo, incansable. Y no era solo por todo lo que acabo de decir, que no es poco, sino la sensación constante que tuve de «Esta mujer conoce su herramienta de trabajo y, además, la cuida».

Ya sabéis lo pejigueras que soy en ese sentido (y con los años, más), pero es que es un tema que, aunque debería ser obvio, merece ser recalcado. Especialmente, porque estamos hablando de una primera novela, SU primera obra publicada, y me costó creer que así fuera porque la calidad era impresionante. «¿Dónde ha estado esta mujer todo este tiempo?», me pregunté.

Algo más que una autora

Concepción Perea es algo más que la autora de La corte de los espejos, el folletín El misterio de la caja Bethel, la seleccionadora de la antología Cuentos desde el otro lado… Concha es, sin duda, un culo inquieto; no para, tanto en temas literarios como de frikerío. Es la directora de Factoría de autores, donde además imparte cursos, charlas, talleres; fue la coordinadora del Máster de narrativa y creación literaria en la Universidad Pablo de Olavide; forma parte de la organización del Festival de literatura de Dos Hermanas; es activa en las redes sociales, cercana a sus fans (ya me gustaría a mí contar con una fracción de los suyos, aunque solo fuera para que me hicieran fanarts tan super molones como los que le envían) y…, mejor paro porque la lista es larga.

La Corte de los Espejos_nicasia

Impresionante fanart de Nicasia, para babear, obra de Calaveradiablo

Por todo esto y mucho más, merece no solo ser adoptada, sino que se la reconozca como la estupenda autora y gran persona que es. Así que prefiero pensar que os habéis dormido en los laureles, gente; pero bueno, yo encantadísima de adoptarla.

Y esto es solo el principio, una mera intro. Hay tanto que quiero contar que me da para unas cuantas entradas, en las que además espero descubrir (y descubriros) cosas interesantes de esta mujer. Así pues, Concepción Perea…, ¡te elijo a ti!