Sin comentarios

Esta entrada es un aviso. A partir de ahora este blog no permite comentarios.

Cuando me enteré de que, gracias a la ley europea de protección de datos, tenía que incluir formulario para los comentarios, que tenía que buscar el plugin adecuado para la versión de plantilla que tengo (viejita) y que había una posibilidad alta de que me diera problemas porque me niego a upgradear el sistema operativo de mi Mac (joer, me funciona perfectamente —salvo para navegar en internet, donde la inmensa mayoría de páginas se pasan la accesibilidad web por el forro), pues me dije: «A la mierda. Fuera comentarios».

Además, la interacción que tengo con quienes leéis mis desvaríos en este blog procede, principalmente, de Twitter y, en menor medida, de FB. Así, echando un vistazo al número de comentarios que suelo tener por aquí, decidí que ¿pa qué complicarme?

Por otro lado, si alguien tiene cuenta en Goodreads, también podrá dejar comentarios a las entradas del blog, porque como por fin tengo página de GR Author, lo tengo todo sincronizadito, que lo sepáis :-P

Por último, solo comentar que en breve desaparecerán también los comentarios de las entradas previas. ¿Por qué? Pues porque así me aseguro de que no tendré ninguna clase de datos de nadie y que no estoy infringiendo alguna ley sin saberlo.

Ale, ahí dejo el aviso. Y dicen que quien avisa no es traidor.

La textura de las palabras

Todas las portadas que aparecen en esta entrada pertenecen a las antologías (y libro de bolsillo) en las que esta novela corta ha sido publicada.

Hoy me gustaría hablar sobre La textura de las palabras. Primero porque hay quien piensa que, como Cazador de ratas lo publicó recientemente, es un texto nuevo. Ni de lejos. Fue mi primera publicación profesional, allá por el 2012, y cosechó un entusiasmo que me cogió por sorpresa. De hecho, cuando la anunciaron como finalista de los Premios Ignotus de 2013 en la categoría de Novela Corta, no me lo podía creer. Sabía que, ni por asomo, me alzaría con el pedrolo, pero acabar en aquella lista tan cortita de candidatos ya era un logro que jamás habría imaginado; porque, las cosas como son, como autora era una desconocida entre el fandom.

Por otra parte, La textura de las palabras es de los pocos textos al que no le he dedicado un making of o similar a pesar de toda la enjundia que tiene, así que creo que ya va siendo hora de enmendarlo. ¿No crees?

Antecedentes

Cuando Rodolfo Martínez me propuso que escribiera un cuento para la antología que estaba coordinando sobre el universo de Akasa-Puspa[¹] («Y si me gusta, a lo mejor te lo publico», dijo), lo cierto es que no había leído ni una sola de las novelas escritas por Aguilera y Redal. Durante la charla que dieron los dos autores en la HispaCon de Burjassot quedé fascinada, pero, de partida, desconocía este clásico de la cifi española. Así pues, lo primero era leer las novelas y luego decidir sobre qué escribir el cuento, óbiusli.

Ajá. Bien. Solo leyendo la primera, Mundos en el abismo, supe de inmediato de qué iba a ir mi historia. ¿El detonante? Un maldito renglón, una frase en la que decía que en la sociedad ksatrya (una de las que aparece en la novela) cuando las niñas cumplían seis meses de vida (bebés, vamos) les quemaban los ojos con agujas al rojo vivo. ¡Toma ya! Why, Mr. Anderson? Why?

Devoré el resto de la novela y las siguientes esperando que en algún momento me explicaran más sobre esta sociedad y el porqué de aquella barbaridad, pero apenas hallé una línea aquí, un párrafo allá, que en realidad generó más dudas que respuestas, y no dejaba de darle vueltas no solo a qué tipo de sociedad se había desarrollado en esas circunstancias, sino cómo era posible que llevara siglos en pie y de manera funcional.

portada de la antología Akasa-PuspaClaramente, a los autores les había parecido una idea poderosa para describir qué clase de personas eran los ksatryas, pero ahí había quedado todo. Por el contrario, yo necesitaba saber. Lo necesitaba de veras, y más cuando en la novela Mundos en la eternidad se describe un caso a la «inversa»: las bosquimanas dirigen una sociedad en la que los hombres viven confinados en el interior de un asteroide, en perpetuo estado de penumbra, y estos solo cumplen una función: procrear. La visita de una de las protagonistas de la historia a las entrañas del asteroide me pareció demencial. Los hombres habían involucionado, eran seres primitivos movidos por la testosterona y que solo sabían pelear y follar. Yo arrugué el morro. Aunque el escenario era potente, sin duda, ¿por qué esa era la única solución posible? ¿De verdad tenían razón quienes mencionaban a las ksatryas en las novelas como esclavas sin voluntad, dóciles, atontadas por el hecho de vivir encerradas y ciegas?

Comenté hace poco en una entrevista que creo, firmemente, que la humanidad es capaz de proezas maravillosas. En efecto, soy de las que piensa que ante circunstancias adversas somos capaces de prosperar contra todo pronóstico. Lo pienso ahora y lo pensaba entonces, así que iba a demostrar que la ceguera y el encierro no eran, ni por asomo, motivos suficientes para que una sociedad se degradara. Al contrario, evolucionaría hacia otra cosa. Después de todo, estamos programados para sobrevivir, o al menos a intentarlo.

Un sistema espartano

Yo, que siempre fui escritora de brújula, por primera vez en mi vida tuve que contener el impulso de desparramar los dedos por el teclado y plantarme entonces ante una hoja en blanco para desarrollar un sistema de flujo eficiente. Un diagrama de flechas de toda la vida. Y ¿qué descubrí? Que las matemáticas no mienten. Haciendo balance de ingresos (producción) y gastos (recursos consumidos) el sistema no se sostenía. Por lo menos no durante tantos siglos como se insinuaba en las novelas. Lógico por otro lado, ¿verdad? Cuando la mitad de la población se la mantiene encerrada en un complejo subterráneo sin dedicarse a otra cosa más que tener bebés, de los cuales solo aprovechas los varones, tienes un pozo sin fondo que se traga todos tus recursos[²].

Cierto es que los ksatryas, según los autores, fueron desarrollados partiendo de la sociedad espartana y que, por tanto, no era descabellado suponer que mantendrían un sistema de esclavos que les arara los campos y esas cosas, aunque no se los mencionara en las novelas. Es más, para mí, y mientras nadie me diga lo contrario, así me imagino esta sociedad. Sin embargo, estaba en las mismas: los esclavos no viven del aire. Sigues teniendo bocas que alimentar.

Ante esta situación, la única solución posible pasaba por una vida de prestado. Me explico. En las novelas, los ksatryas son mercenarios de élite que cobran caros sus servicios. Y son tan buenos que quienes los contratan están dispuestos a pagar la suma que les pidan. Son especialistas, así que, muy probablemente, si en algún momento se dejara de contratar ksatryas, su modo de vida sería insostenible. El balance de cuentas no fallaba: sin ese ingreso, mantener a todas aquellas mujeres encerradas y consumiendo recursos era inviable. Así, el sistema se mantiene por inercia… mientras siga habiendo guerras y conflictos en el cúmulo globular. En definitiva: a los ksatryas no les interesa la paz.

Por último, si estos eran la versión espartana del espacio, y sabiendo cómo se las gastaban estos en la antigüedad (¿alguien recuerda 300?), las probabilidades de que no solo hubiera mujeres encerradas en un complejo subterráneo eran altas. Ahí irían a parar también los «inútiles», ancianos y tullidos que ya no servían para guerrear. ¿Verdad? Y si, obviamente, no iban a gastar recursos en electricidad con estos «despojos», ¿cómo sería la convivencia entre quienes habían crecido privados de la vista y quiénes la habían perdido? Y cuando se daba esta interacción, ¿sabría la parte implicada de la población que se las mutilaba de manera sistemática por una tradición que vete tú a saber cuándo y por qué se originó? Para mí la respuesta era obvia: quizás lo supieran al principio, quizás ahora lo supiera un puñado de elegidas, pero si no quieres que nadie acabe rebelándose por la barbaridad que estás cometiendo, mejor que no se sepa[³].

Un mundo en la oscuridad

Portada de la tercera antología en la que apareció el textoCon el sistema claro (qué producen, qué consumen, cuál es el balance final), lo siguiente era analizar cómo sería vivir sin el sentido de la vista. Para mí estaba claro que se podía llevar una vida de lo más normal. Asumir lo contrario era, por una parte, despreciar a los invidentes; por otra, obviar una gran diferencia: los ciegos viven en una sociedad que gira en torno a quien puede ver, así lo tenemos montado; pero en esta, quien ve es el impedido. Ahora bien, aquí el problema no es si puedes moverte con naturalidad o ser productivo. Todo eso se aprende. Las limitaciones nos vuelven ingeniosos. El elemento impulsor de la supervivencia, y que se suele despreciar con demasiada alegría, tiene que ver con la psicología. Un cuerpo sin una mente sana está condenado a degradarse tarde o temprano, y esa mente saludable parte de una base biológica: los ritmos circadianos. Quienes se ganan la vida torturando lo saben bien: priva a alguien del sentido del tiempo y lo tendrás a tu merced.

Necesitamos los ritmos circadianos para no volvernos locos, pero no podemos basarlos solo en la comida, aunque ayudan cuando no hay otra referencia. Como seres que vemos, los ciclos de luz tienen una importancia vital, pero ¿qué sucede cuando no se puede recurrir a ellos? Pues te las tienes que ingeniar como sea y con lo que tengas.

Estuve dándole muchas vueltas a cómo lo solucionaría la sociedad que tenía en mente hasta que un día, en el váter, di con la solución. ¿En serio? En serio, no es coña.

Verás, nunca me levanto en mitad de la noche para mear. ¿Por qué? Pues porque en el momento en el que me levanto, aunque solo sea un minuto, me despierto por completo, me despejo y luego me cuesta horrores volver a dormir, cosa que odio. Sé que, dependiendo de a qué hora haya bebido algo (y la cantidad) antes de irme a la cama, podré dormir unas seis horas del tirón, y a estas alturas de mi vida lo tengo bastante controlado. Así pues, al darme cuenta de aquello decidí hacer una prueba de tiempos y durante tres días estuve controlando el agua que bebía y lo que tardaba en ir al baño. Ya sé, ya sé. Lo mejor habría sido estar al menos una semana para ajustar mejor las cantidades, detectar en qué grado afecta la toma de sólido, etc. Sin embargo, al tercer día supe que mi hipótesis era acertada: podía medir el tiempo entre meada y meada. No era intervalos exactos (alrededor de hora y media, minutos arriba, minutos abajo), pero estaba segura de que con tiempo y entrenamiento podría lograrlo. ¿Todo esto para escribir un cuento? Por supuesto. Primero me lo tengo que creer para transmitirlo después de manera verosímil. Así soy yo.

Solucionado el tema de los tiempos, solo me quedaba cubrir un último apartado en psicología: evitar la ociosidad. Si no quería gente depresiva, necesitaba dar a mis ksatryas tareas que las mantuvieran ocupadas, pero, por encima de todo, brindarles un propósito, algo que para ellas justificara una vida tan miserable y que la aceptaran como algo necesario. Aquí fue cuando, sin pretenderlo, comprendí el poder del lenguaje, y al terminar de escribir la historia mi cabreo y mi angustia fueron monumentales.

El poder del lenguaje

Solo con el título de esta novelita, La textura de las palabras, creo que está claro que hay un fuerte componente especulativo sobre el lenguaje y a varios niveles.

El más evidente se encuentra en las primeras escenas y narra cómo Charni, la protagonista, va aprendiendo/adquiriendo el lenguaje/habla desde que es un bebé hasta bien entrada la infancia (un arranque durillo, lo reconozco). Aquí, lo más difícil para mí fue pensar sin referentes visuales. Por cierto, no os hacéis una idea de la cantidad de palabras, expresiones y conceptos que empleamos basados en la vista, y se podría decir que sin darnos cuenta. A lo largo del texto traté de evitarlas lo máximo posible. A veces daba con equivalentes, pero en otras ocasiones tuve que decidir entre «Bueno, seguro que poquísima gente conoce la raíz de esta palabra» y «Sustituir por el tacto, directamente, y por raro que suene».

Otro elemento especulativo era: si nuestro lenguaje tiene una poderosa base visual, ¿qué tipo de lenguaje se puede desarrollar cuando el sentido principal es el tacto, reforzado por el oído? En ese sentido, era un tanto ingenuo pensar que la única variación serían las palabras empleadas (sonidos); lo que decía antes de limitarse a sustituir una expresión por otra. Después de todo, el contacto físico también es una manera de comunicarse, y en una sociedad en la que es indispensable para reconocer a alguien, entre otras cosas, no era de extrañar que hubieran sido capaces de desarrollar un lenguaje a través del tacto, mucho más íntimo y basado en la confianza.

Sin embargo, la especulación sobre el lenguaje que más me fascinó y cabreó a partes iguales mientras escribía tiene que ver con un mecanismo de supervivencia: moldear la terrible realidad por medio del lenguaje para evitar la locura.

Objetivamente, las ksatryas son unas pobres desgraciadas, esclavas, objetos, condenadas a no poder beber y comer cuando les de la gana (porque entonces adiós tiempo), a no yacer con quien les dé la gana, a que no se las escuche jamás… Ante esta situación, ¿cómo te las ingenias para no perder la cabeza y sucumbir? ¿Cuál era la única solución lógica y eficaz para que mis ksatryas no se volvieran como los descerebrados de los bosquimanos? Las palabras. ¿Cómo? Con eufemismos y retorcimientos, convirtiendo lo malo en bueno. Vamos, lo que las mujeres llevamos haciendo toda la vida: engañarnos.

Antología en inglés donde aparece la novela corta traducidaHe ahí el terrible poder del lenguaje: moldear con palabras la realidad para que sea más amable y soportable. Para las ksatryas, ellas son las que gobiernan, ellas son quienes tienen la responsabilidad de que todo funcione, ellas facilitan la durísima vida de los hombres para que todo marche sobre ruedas. Si no contradicen a sus hombres es porque en realidad estos son frágiles y los necesitan centrados para combatir al enemigo. Todo esto no es muy diferente a lo que he escuchado a lo largo de mi vida: las mujeres son las reinas de la casa, el matriarcado encubierto, el poder de la suegra… Un autoengaño, una falsa sensación de poder, un consuelo de tontos, un mecanismo de supervivencia para no caer en la depresión.

Intenciones

Llegado a este punto quiero dejar clara una cosa. Escribí La textura de las palabras con una única intención: resolver si la sociedad de ksatryas que se mencionaba en las novelas era posible o si solo era una idea potente pero insostenible. Como ingeniera y mente analítica, necesitaba saberlo. Se podría decir que era una cuestión de salud mental: la mía.

Nunca pretendí hacer una crítica a nuestra sociedad ni decir qué malos son los hombres (como llegué a leer en alguna parte —de alguien que además decía que por eso mismo se negaba a leerse la novelita). Me limité a ser lo más objetiva posible y tirar de mis conocimientos sobre lenguaje y antropología para dar un sentido social y evolutivo a aquella aberración. Sin embargo, lo que descubrí, tirando de lógica y objetividad, me sacudió muy fuerte. Una realidad incómoda: la nuestra.

Es más, recuerdo que fue desolador comprender que si en algún momento alguien conseguía entrar a saco en esas instalaciones y liberar a todas aquellas mujeres, revelarles que nunca nacieron ciegas y que podían ver como los hombres, solo una pequeñísima parte lo aceptaría. El resto puede que hasta se rebelase contra sus libertadores por atentar contra sus tradiciones y su modo de vida. Cualquier cosa antes que aceptar que se ha estado viviendo una mentira. ¿Cómo lo sé? Porque, de nuevo, es lo que las mujeres llevamos haciendo toda la vida, y por eso el cambio aún va a tardar en llegar.

Por último, y relacionado con lo que acabo de decir, quiero comentar el porqué del final que planteo en la novelita que, en realidad, no resuelve nada. ¿Por qué? En todos estos años solo he leído a una persona que comprendiera por qué acaba como acaba: es un ciclo sin fin, una estúpida lucha de poder que solo perpetúa el sistema. Y es que un único evento no va a cambiar la situación, sino un cúmulo. Gente, ¿de verdad pensáis que una sola persona puede destrozar un sistema tan arraigado y perpetuado por las propias víctimas? Eso solo pasa en las películas, y no quiero que durmáis mejor pensando «Qué guay. Alguien llegará y lo solucionará y todos comprenderán su error». Si eso fuera así, no llevaríamos miles de años puteadas, ¿no creéis? Repito: miles de años.

Eso sí, me encantaría que quien leyera La textura de las palabras pensara, no en «¿Por qué las ksatryas no se rebelan?» o «¿Por qué ninguna se da cuenta de lo chunga que es la situación en la que viven?», sino en: «¿Estoy tan ciega/o como ellas?». Es cierto que en el texto no puse un cartel de neón diciendo «Eh, quiero que reflexiones sobre esto», básicamente, porque nunca fue mi primera intención, pero ojalá a alguien le pase como a mí y se pregunte cuántas tradiciones ridículas y comportamientos tenemos asumidos como naturales cuando no lo son.

última publicación de La textura de las palabras

Coda

Sé que este no ha sido un análisis como a los que os tengo acostumbrados. No os he contado que diseñé la sociedad al completo (no solo cómo se organizaban las ksatryas en el complejo subterráneo, sino también los ksatryas, fuera, con su sistema de esclavos y demás) o que me estuve documentando sobre el funcionamiento de los harenes, lo que me sirvió de base para lo que menciono en la novela como el sistema de turnos, además de todas las rencillas internas que eso genera.

Tampoco os he contado que durante un tiempo tuve la intención de escribir una continuación, aunque la protagonista iba a ser la hermana de Charni, aquella a la que desterraron por enamorarse de un hombre. La idea era relatar el despertar, describir la reacción de una ksatrya al descubrir que las mujeres no nacían ciegas, como siempre habían pensado. Sin embargo, al final lo dejé estar y me centré en otros proyectos. Después de todo, no era mi universo. Una historia de esas características tendría implicaciones en lo que Aguilera y Redal habían creado, así que no quise trastear.

Seis años han pasado desde que se publicara por primera vez este texto. Estoy encantada y agradecida con que Cazador de ratas se interesara en recuperarlo y publicarlo de manera independiente (vamos, sin pertenecer a una antología, como había aparecido hasta ahora). No sé si con todo esto que acabo de contar alguien se animará a darle una oportunidad (como aquel que decía que no iba a leerlo porque seguro que en el texto ponía a los hombres a caldo. En fin) o si quien ya lo ha leído resuelve con esto alguna de sus dudas. Así es cómo las tripas me pedían que lo escribiera, pero vamos, preguntad y se os contestará ^_^

Notas:

[¹]: El universo de Akasa-Puspa fue creado por Juan Miguel Aguilera y Javier Redal. Lo forman una serie de novelas, relatos y novelas cortas, y se trata de un space opera hard donde la humanidad se vio obligada a abandonar la Tierra y vive desperdigada en un cúmulo globular en el que «convive» con otras dos especies alienígenas. Las novelas principales son: Mundos en el abismo e Hijos de la eternidad. También existe una tercera, Mundos en la eternidad, que se la calificaría de refundición.

[²]: Como alguien me diga que eso ha sido así toda la vida, en nuestra sociedad, que se lo haga mirar. Asumir que, desde siempre, las mujeres han servido solo para cuidar la casa y tener críos es una falacia muy grande. Hacían eso, claro, y también araban campos, cosechaban, tejían, ordeñaban y otras miles de tareas que repercutían en la economía familiar. Aquí, por lo que se desprendía de las novelas, las ksatryas eran como los bosquimanos: mantenidas. Eso, como sistema, no se sostiene.

[³]: Esto es un poco como la mutilación genital femenina. Una tradición de mierda que llevan a cabo las propias mujeres. En este caso no es un secreto (lo otro es dejar ciego a alguien cuando es un bebé y no lo recordará), y las víctimas se están rebelando, como es lógico. Lo flipante es que se sabe, occidente lo sabe (en el universo de Akasa-Puspa también se sabía lo que le hacían a las niñas), pero nadie hará nada. ¿Por qué? Pues quizá porque si intervenimos en las tradiciones bárbaras de los demás puede que alguien quiera meterse también en las nuestras, que resulta que no son tan chachis como pensábamos. Digo yo, eh. Es solo una hipótesis.

Crónicas del fin

Hoy vengo a hablaros de una historia que me ha encantado y que os recomiendo desde ya: Crónicas del fin, escrita a cuatro manos por Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina.

No es lo primero que escriben juntos, pero sí es lo primero que yo les leo a cuatro manos. Y si por separado ya me habían gustado, sin duda el tándem era garantía de calidad. No me equivoqué. Ha sido una gozada leerlos. Pero ¿qué es Crónicas del fin?

La historia habla de un mundo roto, un futuro en el que la locura ha rasgado el cielo y ha dejado pasar brutales criaturas de pesadilla que han devorado y conquistado la Tierra. ¿Qué hay después de un desastre así? Un planeta en ruinas, pero también un planeta nuevo; terrorífico y perturbadoramente hermoso al mismo tiempo.

A través de los dos personajes principales, Adra y Gale, iremos descubriendo, poco a poco, la composición de este nuevo paisaje, de la vida que se ha aferrado a él y de qué manera. Sé que no estoy diciendo mucho, pero es que todo lo que explicase se quedaría corto. Esta es una de esas historias en las que es mejor no decir demasiado y que cada cual vaya descubriendo sus secretos. Es posapocalíptico, es terror, es magia… Es un compendio de cosas varias que encajan a la perfección y lo convierten en algo tan creíble que da miedo y enamora al mismo tiempo.

Antes de entrar a valorar más cosas, quiero comentar la concepción de este proyecto. Una historia por entregas, como episodios de una primera temporada.

1.cieloCuando leí la primera, El cielo roto, me dejó boquiabierta, y eso que solo era la presentación del mundo y los protagonistas, pero las descripciones eran tan potentes que casi me estalla la cabeza. Ahora bien, aunque no me molestó el cliffhanger del final porque me parecía un reclamo perfecto para enganchar a la «audiencia», sí me di cuenta de que no iba a picar otra vez, como me ocurrió con la serie Horizonte Rojo de Rocío Vega. Me explico: no leería las siguientes entregas hasta que la temporada estuviera completa. Como cuando veo una serie en Netflix: ¿están todos los capítulos? Perfecto, a darme un atracón.

En este caso, la decisión supuso esperar más de medio año hasta que salieron todos los capítulos, pero me alegro de haber esperado, porque me conozco y sé que la historia no me habría llegado tan hondo si lo hubiera leído al ritmo de publicación. Me habría gustado, por supuesto, pero el impacto no habría sido el mismo.

2.diosDe hecho, cuando hace unas semanas empecé por fin con El dios en las alturas, me costó volver a conectar con los personajes que tanto me habían intrigado en El cielo roto. Por otro lado, lo que contaban estaba bien, pero no era tan espectacular como el arranque. Incluso el cliffhanger de final de capítulo me dejó un tanto fría. Digamos que no me desprendía de la sensación de estar ante un capítulo de transición. Hmmm… No es correcto del todo dado que estaban presentando al grupo de milicos chungos, pero sospecho que cierto detalle tuvo la culpa de que no conectara del todo, porque cada vez que lo leía guiñaba un ojo, como un tic molesto.

¿De qué hablo? Pues de algo que ya me ocurrió cuando leí la antología Fragmentos de la tierra rota de Elaine Vilar Madruga. Esto es: emplear la palabra hombre como sinónimo de humano o humanidad, además de hablar de «sus hombres» para referirse a la tropa (grupo de gente) que Ciara (una mujer) tiene bajo su mando.

Seguro que hay quien piensa que eso es una tontería, pero a mí, desde hace un tiempo, me resulta cada vez más molesto, y en particular lo de «sus hombres», por una sencilla razón: en efecto, visualizo hombres, solo hombres, así que no puedo evitar preguntarme «Y la tocha esta, ¿de dónde ha salido si la base la forman todo tíos?». Y si, además, de repente aparece otro personaje que resulta ser otra tía, pero estaba entre «sus hombres», pues… no hace falta que siga explicándolo, ¿verdad? Como digo, es algo que antes ni me fijaba y yo misma lo utilicé en mis textos, años atrás, pero ahora me descuadra y a veces hasta ralentiza mi lectura.

Ahora bien, pasado este bache, me leí las siguientes tres entregas en un suspiro, una detrás de otra. Y no solo porque al no tener que esperar al siguiente capítulo lo tenía más fresco y conectaba mejor, sino porque, de nuevo, las descripciones del mundo son grandiosas.

3.testamentoEn Testamento, por ejemplo, el asentamiento que se describe me parece fascinante. No ya por el hecho de que se haya erigido en el cadáver de una criatura gigante[¹], sino por el aprovechamiento que se hace de él para diferenciar «edificios», plazas, etc., además de lo que eso supone para la distribución, claro. Por otro lado, con la aparición de nuevos personajes se describe también profesiones (algunas ligadas directamente al aprovechamiento del cadáver), así que imaginaos, con lo que a mí me gusta la creación de sociedades, la de babas que me cayeron mientras lo leía sin dejar de sonreír de oreja a oreja.

4.tormentaSorprendentemente, la cuarta entrega, El ojo en la tormenta, no resultó ser un capítulo de transición sin más, como me temía. Bueno, en realidad sí lo es, con todos esos momentos en el que entran en juego flashbacks que nos ayudarán a rellenar huecos. Sin embargo, aunque la historia en sí no avanza hasta casi el final, lo que se cuenta es muy ameno, interesante y proporciona suculentas pistas sobre lo que está pasando realmente, y que se acabará descubriendo en el siguiente y último capítulo.

5.requiemRequiem, la última entrega, es un castillo de fuegos artificiales, sangre y vísceras. Un final de temporada como está mandado y con sus correspondientes sorpresas. Fue un poco «Oh…» que mi hipótesis sobre Gale no se confirmara, aunque eso no quita que me molara estar equivocada y tampoco restó impacto a las cosas que se descubren y que me hicieron sonreír. Porque, joer, me habían dado las pistas a lo largo de todos los capítulos, pero se me pasaron por alto. Mola, porque eso significa que Gabriella y Cotrina supieron jugar muy bien con el lector. En definitiva, que este último capítulo me dejó un buenísimo sabor de boca, especialmente por cómo rematan la historia.

Dicho todo esto, imagino que a estas alturas os habréis dado cuenta de que esto no es una reseña, sino un texto fangirl total. Tampoco he pretendido ocultarlo. Cuando algo me gusta de verdad se lo tengo que gritar al mundo, no lo puedo evitar, y Crónicas del fin se lo merece. Así que imaginaos mi alegría cuando me enteré hace poco de que va a salir en papel, todo juntito y también con una portada chulísima de Libertad Delgado. ¡Yujuuu! \o/

6.cronicas

Portada de la edición en papel. Una preciosidad.

Por supuesto, ya no están disponibles las entregas en ebook, así que no vais a poder abalanzaros ahora mismo a comprarlas, como seguro que estáis deseando, peeero solo hay que esperar unas semanas de nada para conseguirlo en papel. ¡Sale en mayo! Ueeeh… Creedme, es una compra que merecerá la pena. Yo misma tengo intención de agenciarme un ejemplar a pesar de tenerlo en formato electrónico. Primero porque era lo que pensaba mientras lo leía («Quiero esto en un solo volumen y en papel»), segundo porque quiero contribuir a que se vendan muchos ejemplares, y así la editorial Alethé se anime a publicar la segunda temporada más adelante. Vamos, quiero mi segunda temporada, faltaría plus.

Y poco más puedo decir salvo que, si no ha quedado claro ya, me declaro megafan de Crónicas del fin en particular y de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina en general. Garantía de calidad, oiga.

¡COMPRADLO!

Nota [¹]: Esto me recordó un poco a la novela Las puertas del infinito, escrita por Cotrina y Conde. Aunque el gigantesco animal sobre el que se erige la ciudad no está muerto, sino peligrosamente dormido.