Maldito (tercera entrega)

Antes de empezar a leer…

1. Si quieres saber qué es esto, o bien leer las entregas anteriores, pincha AQUÍ para acceder a la categoría: Maldito.

2. Esta es la última entrega y con el final que se publicó en el Visiones 2007.

Y ahora sí. ¿Quieres seguir leyendo?

Habían abandonado la sala de operaciones clandestina para buscar el calor del carajillo que el Cura le había ofrecido. Este no parecía afectado por la escarcha que aún estaba deshaciéndose en la habitación contigua, mientras que él seguía sintiendo el frío calándole los huesos a traición. Mantenía la mandíbula apretada para que no le castañetearan los dientes y el cuerpo en tensión; tanta que sus músculos comenzaban a rabiar doloridos.

Observó escéptico cada gesto de Malaquías que puso dos tazas de café encima de la mesa y una botella de Negrita antes de tomar asiento. Luego permaneció en silencio durante un buen rato con la mirada perdida a la par que jugueteaba con la taza de café que hacía girar entre las manos.

—¿Crees en Dios, muchacho?

—Uf. No tengo ganas de hablar de teología, Padre. Lo que menos me apetece ahora es un discursito sobre que Dios me ama aunque yo no le ame, que cree en mí aunque yo no crea en él y chorradas por el estilo.

—Creo que no ha sido tan difícil la pregunta. ¿Crees sí, o no?

—No soy ateo si es lo que quiere saber, pero tampoco soy creyente. Digamos que me mantengo en un plano indiferente. Me limito a vivir mi vida, pero sin enfadar demasiado al cabrón… por si acaso. Además, siempre puedo arrepentirme. —Sonrió socarronamente.

El Cura no sonrió. Volvió la vista sobre el café, se llevó la taza a los labios y se bebió el contenido de un trago. Luego alargó la mano hasta la botella, desenroscó el tapón con dos dedos, vertió el contenido sobre la taza y dio buena cuenta. Así dos veces más hasta que por fin sonrió satisfecho.

—Mucho mejor —dijo alzando la vista hacia su invitado.

Se sirvió una vez más y cerró por fin la botella.

—Yo sí creo en Dios, muchacho. Oh, sí. Claro que creo en ese grandísimo hijo de la gran puta. Ese manipulador, ese engreído, ese ser caprichoso, ese niño grande que nos putea cuando está aburrido o no se siente suficientemente adulado por su creación.

—Vaya. Jamás pensé que oiría decirle eso a un cura. Porque usted es cura, ¿no?

—Lo soy. —Sonrió con amargura—. Pero no hay mérito en ello. Cualquiera puede serlo en realidad. Solo hay que saber decir lo que otros quieren oír. ¿Crees acaso que a Dios le importa una mierda algo que no ha sido creado por él? Seguramente le resultará curioso, puede que incluso divertido. Porque ten por seguro una cosa: si Dios hubiera impuesto una institución religiosa como la Iglesia, no estaría rascándose los huevos, viendo como sus elegidos hacen justo lo contrario a lo que dictaminó. Enviaría a sus mensajeros cada dos por tres para que todos se cagaran de miedo tal como hacía antes.

—Creo que el ron no le ha sentado nada bien.

—No te confundas muchacho. Adoro a ese cabrón como tú lo llamas. Y no dudé ni un momento en pasar por esto —dijo señalándose el alzacuello— para seguir su voluntad cuando descubrí la verdad.

—Mire, me he perdido. —Se frotó con ganas las sienes y luego se estrujó el puente de la nariz—. ¿Qué tiene todo esto que ver conmigo, o con Miki, o con Sol? ¿Qué cojones ha pasado hace un momento en la otra habitación? ¿Qué demonios era eso? ¿Por qué se refirió a mí como maldito? ¿Dónde coño está la cámara oculta?

Malaquías volvió a abrir la botella y rellenó la taza del muchacho.

—Bebe. Te sentará bien. —Lo invitó a beber con un gesto de la mano—. Mira muchacho, la Biblia no fue escrita por Dios, sino por hombres. Supongo que eso es obvio hasta para ti. Los que la confeccionaron tomaron lo que quisieron, la modificaron a su antojo y la promulgaron como Ley Divina. Si bien algunas cosas son ciertas, demasiadas se alejan de la realidad.

»Dios creó primero a los angeles a partir de Su propia esencia. Al principio le pareció un juego divertido hasta que empezó a aburrirse de él. Sus hijos carecían de emociones contradictorias, seguían ciegamente la palabra del Padre y estaban desprovistos de toda ambición. Eran como figurillas de porcelana que permanecían impasibles, impertérritas a su propia existencia. Dios decidió después de un tiempo procurarse un nuevo juguete. Así que lo siguiente que creó fue a los demonios. Seres emocionales, viscerales, ambiciosos y extremadamente independientes. Oh, sí. Sin duda debió ser una época muy divertida para Él. Ver como sus criaturas se pisaban unas a otras tratando de acceder a Su gracia, y al mismo tiempo fulminando a diestro y siniestro a todas aquellas que, como ilusas, trataban de arrebatarle el puesto. No obstante, con el tiempo, también acabó cansándose de hacer siempre lo mismo, así que decidió ampliar el campo de juegos.

»Tanto ángeles como demonios vivían en planos de existencia distintos, así que les proporcionó un vehículo que les permitiera acceder a un plano en el que ambos pudieran interaccionar. Y en él se procuró un nuevo juguete hecho de carne al que le dio a libertad de decidir.

Malaquías guardó silencio a la espera de una reacción por parte del muchacho. Un extraño brillo en aquellos ojos hizo que se le erizara el vello de la nuca. ¿Por qué el chico habría decidido olvidar? Había conocido a unos cuantos malditos a lo largo de su vida. Algunos de ellos, por alguna extraña razón, habían decidido voluntariamente olvidar su condición. ¿Por qué lo haría él? Y lo más importante: ¿por qué Miki querría ver a un maldito muerto?

—Tanto ángeles como demonios —prosiguió con la historia—, se sintieron rápidamente atraídos por la carne. Algunos llegaron a pensar en nosotros como si de verdad fuéramos sus hermanos pequeños, y de entre todos ellos, el que más nos amaba era el hijo predilecto de Dios: Lucifer.

—Quieto parao. ¿Es usted consciente… de que está como una puta regadera? Pero ¿qué gilipolleces me está contando? —Se levantó con brusquedad del asiento—. No sé qué mierda de drogas me dio cuando me operó, pero sin duda nada de esto es real. No sé qué cojones quiere de mí —dijo mientras se dirigía hacia la puerta para salir cuanto antes de allí—, pero no vuelva a cruzarse en mi camino. Usted obviamente no es cura. Lo más probable es que trabaje para un patrón contrario a Miki y… creo saber de quién se trata.  El mismo cabrón que me metió la cabeza en el puto váter. Pero esta vez no tengo intención de ser el cabeza de turco de nadie —sentenció antes de cerrar la puerta tras de sí rebosando ira y frustración por los poros.

Malaquías dejó caer la cabeza entre los hombros. Habría sido duro tener que matar al chico si este se hubiera tomado las cosas de otra manera y hubiera tratado de arremeter contra él, convencido de haberlo metido en alguna encerrona.

«Sí, una lástima», pensó.

A su espalda, de la habitación contigua, emergió de las sombras un tipo algo entrado en kilos, traje color hueso y un bastón de alabastro con figuras retorcidas labradas en él.

—No se ha creído nada —le dijo al Cura sin entrar en su campo de visión.

—¿En serio? —bromeó Malaquías algo hastiado—. No me había dado cuenta.

—No me extraña. Menuda sarta de patrañas y mentiras le has contado. Ni tú mismo te las creerías, viejo. Podrías haberte inventado algo mejor.

—Es un maldito que no recuerda lo que es en realidad. La humanidad lleva desde las cavernas trasformando la realidad en cuentos, mitos, leyendas, religión. No son capaces de asimilar la verdad y menos de golpe. Eso les restaría la sensación de poder, y ante la indefensión, algunos se vuelven violentos.

—En ese caso, como él bien ha dicho, habrá que volver a meterle la cabeza en el puto váter.

—Así no conseguiréis el códice.

—¿Y quién te dice a ti que nosotros no lo tenemos?

El Cura sonrió con amargura mientras el corazón le bombeaba con fuerza y la sangre dejaba de acumulársele en el rostro tras la sorpresa inicial. Qué estúpido había sido y tarde lo comprendía. Tan cerca y a la vez tan lejos de la verdad. Golpeado con su propia lógica, con sus propios argumentos. No debió escuchar ninguna de sus palabras la primera vez que Andreas lo visitó. Pero claro, sonaban tan bien y él deseaba tanto creerlas…

Se puso en pie, se dio la vuelta, sacó pecho, miró fijamente a su oponente y con voz firme le dijo:

—¿Empezamos la pelea ya, o seguimos con estas tonterías?

—Siempre me caíste bien, Malaquías —sonrió Andreas como un lobo hambriento, complacido por las palabras—. Lástima que tengas que morir.

—Lo mismo te digo.

***

Hasta los cojones. Eso era lo que le rugía la mente mientras cruzaba la calle, se internaba en el callejón, llamaba a la puerta, recorría el oscuro pasillo, cruzaba el local y se dirigía hacia el despacho de Miki el Hoyuelos.

En qué mala hora se metió aquel día en una pelea y le salvó el cuello a uno de los secuaces de Miki. En qué mala hora conoció a Rita y se enamoró de ella. En qué mala hora trató de sacarla de aquel mundo decadente. En qué mala hora se metió de mierda hasta el cuello para luego no poder hacer nada por salvarla. En qué mala hora se echó a perder hasta no importarle un carajo su vida. En qué mala hora aceptó aquel trabajo. En qué mala ahora no mató a Miki cuando tuvo su oportunidad. En qué mala hora decidieron tocarle los cojones.

Los dos mastodontes que custodiaban la entrada observaron con su apatía tradicional como se acercaba de mala gana a la oficina del jefe. Al principio la tensión se les concentró en la nuca ya que no estaban acostumbrados a verlo de esa manera. Sin embargo, no parecían demasiado preocupados. Al fin y al cabo era la piltrafa humana esa que apestaba a alcohol. Esa actitud, esa autosuficiencia también le tocaba los cojones. ¿Qué clase de guardaespaldas contrataba la gente últimamente que siempre se dejaba llevar por las apariencias?

—¿Dónde…?

No le dio tiempo al guardia a decir mucho más. Un golpe certero en la nuez lo dejó inmovilizado, sin poder respirar. El segundo quiso sacar el arma, pero él, con la navaja empuñada desde que entró y guardada en el bolsillo para disimular, le traspasó el cuello de parte a parte sin pensárselo dos veces. Luego se la clavó en el estómago al primero para asegurarse de que la palmara. Desarmó a ambos, limpió la hoja de sangre en la parte trasera del pantalón y entró en el despacho con ambas pistolas empuñadas.

Dentro encontró a Miki, que follaba con una de las bailarinas sentada encima, y cuatro de sus guardaespaldas en cada esquina manteniendo como podían la compostura. No se lo pensó demasiado. Pam, pam, dos tiros certeros, dos tipos al suelo muertos. Fuego de cobertura hacia la mesa principal para buscar parapeto, pam, pam, rodilla, rodilla, pam, pam, cabeza, cabeza. Y con ambas pistolas bien aferradas fue directo hacia Miki quien no había cesado en su empeño por correrse.

—Aaah —dijo en éxtasis—. Cinco segundos. Ah… Ah… Ahora estoy contigo. Ah… ¡Aaah!

—Veo que aprecias poco tu vida —le dijo apuntándole a la cabeza mientras la bailarina se apartaba, recogía las papelinas de coca del suelo y se marchaba corriendo, posiblemente a frotarse los bajos con esparto, pensó.

—Si he de morir —replicó mientras se retiraba la goma del pene—, que sea con una sonrisa en los labios.

—¿Por qué me mandaste matar?

—Porque me traicionaste.

—Mientes.

—Sí. No lo puedo evitar. —Sonrió endemoniadamente.

Le disparó en un hombro y en la rodilla. Estaba harto de jugar.

—Sabías que trabajaba para otro antes de contratarme, así que no juegues conmigo. ¿Por qué toda esta farsa?

Miki abrió la boca para volver a mostrar los dientes amarillentos y retorcidos. Después de los impactos de bala se había encogido en un acto reflejo, pero contra todo pronóstico no se retorcía de dolor como lo haría cualquiera. Algo que de seguro tendría que haber desconcertado al pistolero que lo acababa de agujerear, pero no dio muestras de ello. Miki alzó las manos, enarcó las cejas y lentamente, acompañado de un gesto cómplice marcado en el rostro, las dirigió hacia el miembro que se guardó torpemente en los pantalones por culpa de la herida en el hombro.

—Siempre me caíste bien, muchacho. Desde el primer momento que entraste por esa puerta supe que ni lo hacías por voluntad propia ni porque tuvieras intención real de trabajar para mí. Sin embargo, decidí acogerte en la familia porque… te guste o no, perteneces a ella.

Un tiro limpio en la otra rodilla. Comenzaba a cansarse de tanta perorata, y la idea de que en realidad todo aquello le traía al fresco fraguaba más en su mente. La había cagado entrando así en La Puta de Oros, la guarida de Miki, pero si iba a morir, ya que lo habían estado jodiendo, él les devolvería el favor.

«¿Por qué cojones, si está sangrando como un cerdo, actúa como si solo le hubiera dado un par de hostias?», pensó seguidamente.

Cada vez se sentía más furioso y más estúpido. Como si le estuvieran tomando el pelo delante de las narices y él no pudiera hacer nada por devolver el golpe. Pero sabía que a estas alturas titubear no le salvaría el trasero, así que esta vez reunió la entereza necesaria para ser él quien llevara las riendas y no se dejara arrastrar.

—Auh —se quejó el mafioso—. Eso duele, gilipollas.

—El siguiente será entre ceja y ceja así que deja de andarte con rodeos.

—Mira muchacho, no dudo que tengas intención de matarme, pero en estos momentos soy la única esperanza que tienes de sobrevivir. Yo no le ordené a Sol que te matara después de que vinieras aquí apestando a Malaquías por todas partes. Te la asigné para que te protegiera de ese apestoso hedor endemoniado de Andreas. No sé qué te contó el Cura, pero estoy seguro de que él sabe quien tiene lo que me pertenece. Porque si no es mío, no es de nadie.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—En principio creí que nada. Hasta que supe de su interés por ti. De nada le sirve el códice sin un maldito. Son jodidos de encontrar, ¿lo sabías?

Otra vez volvía a oír lo del códice. Otra vez oía la palabra maldito refiriéndose a él. Daba igual. Solo tenía una cosa clara: lo habían estado utilizando como a un peón en una guerra que le importaba una mierda. Siempre le había importado una mierda.

—Voy a matarte, Miki, por haberte desecho de Rita y por haberme jodido la vida. A menos que me des ahora mismo una buena razón para que no lo haga.

—Puedo devolverte a tu querida Rita. Esa puta de la que te encoñaste.

—Rita murió por tu culpa, cabrón. —Retrasó ambos percutores.

—Oh, ¿en serio? Pero eso puede arreglarse. —Sonrió una vez más con malicia.

***

Se sentía mareado, todo daba vueltas a su alrededor, le faltaba el aire. En los últimos días había vivido cosas que para otros hubieran significado el camino a seguir hacia la locura. Ahora estaba agotado. Allí, de pie junto a Miki, quien se había levantado del asiento como si tal cosa y se había dirigido al minibar con una ligera cojera dejando un rastro de sangre a su paso. «Miki es grande, vale, pero un tío así no estaría como si nada después de los balazos que le he metido y donde se los he metido. Podría disimular un poco, cojones».

—¿Quieres una copa? —le ofreció el mafioso mientras se llenaba un enorme vaso de Bourbon sin hielo.

—No, gracias.

—¿En serio? —Se volvió hacia él con la incredulidad reflejada en el rostro—. Tenía entendido que no rechazabas una copa, aunque fuera de gasolina.

—Preferiría estar lúcido en estos momentos.

—No, no lo preferirías, pero allá tú. Siéntate. Nadie va a venir a molestarnos.

—También prefiero seguir de pie.

—Como quieras —dijo antes de dar buena cuenta de la bebida y rellenarse el vaso—. ¿Qué te contó el Cura sobre los malditos?

—No sé qué mierda sobre ángeles y demonios.

—Sí, muy propio de él. Gilipollas. Cuando un tío pierde la memoria después de un golpe, lo mejor es arrearle otro buen mamporro. Eso todo el mundo lo sabe, joder, pero el bastardo nunca lo vio así. ¿Seguro que no quieres darte un buen lingotazo?, ¿un chute?… Invita la casa.

Negó con la cabeza. El humor empezaba a agriársele y la paciencia bordeaba la ira.

—De acuerdo, de acuerdo. No insistiré más. ¿Y qué te dijo acerca del códice? Porque seguro que sabes eso.

—No me dijo una mierda. Y sigue sin interesarme. ¿Por qué dijiste que podría arreglarse lo de Rita?

—Pues debería interesarte toda esa mierda porque Rita está metida en ella. La muy zorra vino a mí un día asegurándome que había encontrado a un maldito. Pero no uno cualquiera, no. Un penitente, nada menos. Aunque yo los llamo gilipollas a secas. No te ofendas, pero es lo que eres.

—¿Por qué mataste a Rita? —Sintió que la mandíbula se le tensaba como su índice alrededor del gatillo.

—Porque la puta sabía demasiado y lo quería todo para ella. Como todas las putas. Deberías saberlo. Tú te la follabas.

Un nuevo disparo. No pudo ni quiso evitarlo. Quería cerrarle de una vez por todas esa enorme bocaza, pero por alguna razón las tripas le rugían que aún no era el momento.

—¡Joder! —se quejó Miki—. ¿Es que no puedes mantener el gatillo tranquilo por un momento? Estoy tratando de quitarte la venda de los ojos, capullo. Tu Rita era una puta y no porque trabajara para mí, precisamente. Siempre lo fue y siempre lo será. Ella creía que si se ganaba tu confianza, tu amor —dijo con desprecio—, la llevarías directita al códice. Serías la llave para desatar a las furias. ¿Comprendes algo de lo que te estoy diciendo? No, ya veo que no. Si va a tener razón el Cura y todo. A ver, tu querida Rita no es más que una arpía de tres pares de cojones que te utilizó y que luego trató de joderme a mí. Y eso sí que no iba a permitirlo.

—Vale. Y por eso la mataste. No me estás diciendo nada que vaya a salvarte el pellejo ahora mismo. —Amartilló el arma con decisión.

—Ey, vaquero, relájate. Yo no me la cargué. Solo le puse la zancadilla.

—¿Abrirle un boquete en el pecho después de torturarla te parece ponerle la zancadilla a alguien?

—En su caso, sí. —Entrecerró los ojos y torció el gesto—. ¿Qué te pareció Sol? Una criatura deliciosamente follable, ¿eh? No me digas que no. Pues Rita era como ella. Y no me vengas ahora con que no sabes de qué te hablo. Todavía huelo su sangre en ti. Malaquías, no sé cómo cojones lo supo, pero sin duda estaba preparado. Una lástima. Hasta se creerá que hizo algo bueno, el muy cabrón. Ya no es fácil el tránsito, ¿lo sabías? Yo creo que es la maldita televisión. Pero tú qué vas a saber del tránsito. Solo lo hiciste una vez y en tu patética existencia decidiste olvidar. Ser un puto penitente. Patético.

—Mira, Miki. Me pesan los huevos ahora mismo, así que no me jodas. No sé qué coño es eso del tránsito, pero ahora mismo te voy a proporcionar un viaje al otro lado.

—De eso estoy seguro. No creas que no lo sé. Y joderás todo lo que he conseguido durante estos años. Los demás pueden seguir esperando Al Que Vendrá. Yo no. No pienso esperar más. Estoy harto de despertar cada vez en un cuerpo distinto. Esperar en el otro lado la oportunidad de encontrar una brecha y entrar aquí. No señor. No más. Rita está en el otro lado, sí, pero no en ese lado que crees. Estará esperando en nuestro mundo una nueva brecha, y cuando la vea se abalanzará sobre ella como una gata en celo. La volverás a ver, claro, pero puede que ni te acuerdes de ella, puto penitente de los huevos.

Un estrépito ensordecedor. La puerta se hizo añicos a su espalda. Encogió los hombros en un acto reflejo, apretó los dientes, reprimió una maldición. «Estúpido —se dijo—. Eres un completo y perfecto estúpido».

—Ya era hora de que aparecierais —dijo Miki sentado tranquilamente—. No sabía ya qué contarle.

Todo sucedió muy deprisa y a la vez increíblemente lento. Comprendió su error ante el mafioso que lo había sabido acaramelar. En realidad quería, deseaba creerlo. Creer que era posible rescatar a Rita. Con todo lo que había visto hasta la fecha… se había aferrado a ese imaginario clavo ardiendo. En realidad, se había dejado llevar, como siempre. Torció el gesto al reconocerlo. Mientras los matones entraban de uno en uno por la estrecha puerta del despacho, se llevó la mano al interior de la gabardina. No iba a desperdiciar balas en matones. Su objetivo estaba frente a él, muy seguro de sí mismo y luciendo aquella sonrisa grotesca de victoria.

Miki también comprendió entonces su error. Confiar que podría controlar a aquel hombre desesperado. Las facciones, el gesto se le desencajó al ver como aquella piltrafa humana extraía de la gabardina un bulto mullido, una sábana de color marfil y moteada en carmesí. Apestaba a sangre de Sol. Ese olor intenso que había estado percibiendo en el chico y ahora sabía por qué no había sido más sutil. «No me jodas», fue lo único que le dio tiempo a pensar.

—Vas a morir, capullo —trató de intimidar al chico en un acto desesperado. Claro que se le iban a echar encima sus matones y lo iban a destrozar, pero él ya no estaría para verlo. Lo sabía.

—Yo no tengo nada que perder —replicó con la sonrisa más endemoniada que Miki había visto nunca y unos ojos… Unos ojos que habían visto demasiado, durante demasiado—. Tú sí.

Disparó a Miki entre ceja y ceja mientras un par de balazos le impactaban en la espalda. Antes de caer al suelo, envuelto en un mar de tinieblas y oscuridad, extendió la sábana en un gesto desesperado y cubrió el cuerpo del mafioso que ocultaba ahora una mirada vidriosa, un gesto de terror. «Por nosotros, cariño», fue lo último que pensó antes de morir, satisfecho de sí mismo por haber borrado de la faz de la tierra aquel ser retorcido e inmundo. Por una vez en su vida había tomado una decisión firme y la había llevado hasta el final. No se había dejado arrastrar.

***

Malaquías observó el rostro del muchacho tendido en el frío metal. Se dio cuenta de que no le habían hecho la autopsia. Para qué. La causa de la muerte era clara y nadie iba a reclamar nada, porque en realidad nadie conocía al chico. Ni siquiera él. Le habían dicho el nombre, pero el Cura supo que no era el suyo, aunque asintió.

—¿Reconoce a este hombre? —preguntó el forense.

Asintió una vez más.

—¿Le importaría dejarme un momento a solas con él, por favor?

El médico no parecía muy convencido, pero la vista se le desvió hacia el alzacuello y eso hizo que se relajara. Se encogió de hombros y finalmente asintió en silencio. El turno de noche era demasiado estresante para no tomarse un descanso.

Cuando Malaquías sintió que estaba solo en la sala, se alejó del muchacho y abrió una plancha cercana. Allí estaba el cadáver de Miki. Sonrió entre dientes. A pesar de su escepticismo, el chico había usado la sábana de transición. El ente había quedado atrapado en el cuerpo y se descompondría con él. Suspiró; gruñó. Se llevó una mano a las costillas. Andreas había mejorado mucho desde la última vez que se habían enfrentado.

—Preferiría que te quedaras ahí —dijo mientras sacaba del bolsillo algo parecido a unas tenazas metálicas—, pero necesito información.

Le abrió los párpados del ojo izquierdo y con cuidado le extrajo el ocular para luego depositarlo en un pequeño bote con formol que llevaba en otro bolsillo. Cuando se aseguró de que todo seguía en orden, volvió al otro cadáver.

Era obvio que no podría llevárselo sin llamar la atención. Le tocaría ser paciente. Y mejor proporcionarle un entierro a que lo incineraran. Los malditos como él podían volver a la vida dentro del mismo cuerpo aunque los descuartizaran, la única diferencia era el tiempo que tardaba el individuo en recomponerse. Pero el chico no solo era un maldito, sino también un penitente, así que el proceso podría llevar años. Que olvidara al despertar quién era, su pasado, sus anteriores vidas y demás, al Cura le traía sin cuidado. Lo importante era tener al joven controlado como bien hizo Rita en su momento.

Andreas había escapado. Lo creyó cuando dijo que ellos ya tenían el códice. Era un problema, sí, pero sin un maldito no les serviría de nada. Muchos estarían pendientes de la evolución del joven y Malaquías lo estaría aún más.

Observó la etiqueta atada al dedo gordo del pie. Leyó el nombre. Torció el gesto una vez más. Estaba seguro de que no era su nombre aunque el muchacho jamás se lo hubiera dicho. Sabía que el maldito había utilizado otros a lo largo de su existencia, de sus diferentes vidas y despertares, pero aquel no era el suyo. Puede que ni el chico lo recordara ya.

—Te lo dije —le susurró al oído antes de marcharse—. El Diablo tiene muchas caras, pero solo un nombre. Debiste recordarlo.

Fin de la tercera entrega.

NOTA: mi consejo es que leas AQUÍ el relato El cadáver sin nombre publicado en Ficción Científica. La historia tiene lugar poco después del final de esta (en realidad, justo después de la escena que fue eliminada) y ambas están relacionadas.

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Maldito (segunda entrega)

Antes de empezar a leer…

1. Si no sabes qué es esto, te recomiendo que leas la entrada:

Introducción a Maldito

2. Si te perdiste la primera entrega, pincha AQUI para leerla.

Y ahora sí. Sigue descubriendo más de Maldito.

Sentía la lengua pastosa y los párpados pesados como lápidas. Tenía la sensación de que una apisonadora le hubiera machacado los huesos y luego lo hubieran tirado al vertedero. La visión borrosa era un vivo reflejo de la rapidez de sus neuronas, que intentaban procesar un cúmulo de información confusa y aturullada en el cerebro.

—¿Dónde estoy? —consiguió preguntar a la mancha oscura que le daba la espalda.

—Tu pregunta carece de importancia en estos momentos.

—¿Cómo he llegado hasta aquí?

—Sigues haciendo las preguntas equivocadas.

—Y ¿qué demonios se supone que debo preguntar?

El Cura dejó de trastear con los bártulos, arrastró el taburete hasta la camilla y, con una expresión carente de emoción, le dijo:

—Deberías preguntar, cómo vas a recuperar lo que has perdido.

Se puso en tensión. ¿Quién mierdas era aquel tipo y cómo sabía que había perdido la llave? Estaba claramente en desventaja, así que lo mejor era salir de allí cuanto antes.

—Ir a ver a Miki no es la mejor solución ahora mismo —interrumpió el Cura sus elucubraciones—. Lo que allí había y que muchos buscan ha cambiado de dueño. Como últimamente tiene por costumbre.

—¿Cómo cojones sabe usted todo eso?

—Ahora mismo el cómo carece de toda importancia.

Era como estar frente al maestro del Pequeño Saltamontes… o peor, frente al mismísimo demonio. Zalamero, enigmático y un brillo incómodo en los ojos. Sus ojos…

—¿A qué demonios juega? Dígame de una vez lo que quiera decirme y déjeme en paz. No me apetece una mierda perder mi tiempo —agregó mientras trataba de incorporarse en la camilla.

Desarmado, sin ropa… No le gustaba nada la sensación de indefensión. Nunca le había gustado. Ahora menos que nunca.

—Y en sus ojos hallarás la marca de los malditos —comenzó a salmodiar el Cura—, aquellos que cayeron, pero fueron bendecidos. Y en su camino cruzarán por sendas sombrías, pero en todas ellas Mi luz será su guía.

Las palabras reverberaron entre aquellas cuatro paredes. Mientras el Cura las había dicho no se había dirigido a él ni una sola vez, entretenido en buscar la ropa de su invitado.

—¿Le conozco? —preguntó contrariado mientras se vestía sin quitarle el ojo de encima.

—No.

—¿Me conoce?

—No.

—Entonces, ¿por qué me ha ayudado? ¿Por qué me suelta ese discurso? ¿Quién cojones es usted?

—Acepta un consejo: el Diablo tiene muchas caras, pero solo un nombre.

—¿Qué clase de consejo es ese?

—Uno que espero no recuerdes cuando ya sea demasiado tarde. Y ahora ve. La ramera de Babilonia te está esperando.

No muy convencido subió por las escaleras que daban a la capilla, salió por la puerta trasera y anduvo inquieto hasta el final del callejón. Ante su asombro dio a parar con una enorme plaza plagada de palomas y feligreses. Ahora a su espalda tenía la catedral, el lugar del que venía. La imagen le provocó un escalofrío.

***

Miki el Hoyuelos no era un tipo agradable. Tenía el rostro carcomido por la secuela que le había dejado la viruela, unos ojos lechosos y unos dientes tan apestosos y deformes como sus manos pequeñas y acartonadas. No mediría más de metro sesenta, pero ocupaba un volumen considerable merced a una obesidad casi grotesca. Y todo lo despreciable que era físicamente no lo paliaba en absoluto con su apabullante personalidad. Sudaba ambición y sadismo por cada uno de los poros. No era indulgente ni comprensivo. Era un déspota, un ególatra, un cínico y otros tantos adjetivos poco halagadores. Aunque sin duda, para Miki eran todo un abanico de virtudes.

Le resultaba incómodo estar ante su presencia, pero después de haber estado un año trabajando para él, había aprendido a no mirarlo fijamente y a pensar en duchas de agua fría en vez de en cerdos retozando en el porcal. Ahora podía sentir sus pútridos ojos escrutándolo de arriba abajo como si trataran de rozarle el alma. Si pudiera largarse lo haría sin dudar ni un instante, sin embargo había aceptado aquel trabajo y su deber era estar delante de aquel engendro para anunciar su fracaso.

—Tienes mala cara, muchacho —dijo aquella babeante boca.

—He pasado noches peores.

—¿Conseguiste lo que te pedí?

—No. Alguien se me adelantó.

—¿Esa es tu excusa? —preguntó con los ojos entrecerrados como un astuto depredador.

—Las excusas son de malos perdedores. Yo solo te informo.

La dentuda y deforme boca de Miki el Hoyuelos se abrió en lo que parecía ser una sonrisa socarrona. La respuesta le había agradado, y aunque eso debería ser una buena señal, el interrogado no lo percibía así.

—¿Sabes quién se te adelantó?

—No. Pero podría averiguarlo.

—Deberías. Por tu bien.

Dio media vuelta sin mediar palabra para dejar a su patrón y a los fornidos matones a su espalda. No se fiaba de las buenas intenciones de Miki, pero si se equivocaba en su apreciación, saldría mejor parado de lo que había esperado en un primer momento. No se encontraba bien. Aún se sentía débil y le dolía a rabiar el costado que le habían acuchillado unos días antes. Así que si querían rematarlo que lo hicieran de una vez. Eso sí, ya se encargaría él de llevarse a unos cuantos por delante.

—Espera —interrumpió Miki su marcha—. Que Sol te acompañe.

De la oscuridad, como si hubiera sido escupida de ella, salió una mujer de piel morena y melena azabache; de ojos negros como el abismo y mirada penetrante. Llevaba también ropas oscuras y caminaba con el sigilo y la cautela de los felinos. Ni siquiera la había visto y parecía que llevara allí desde el principio.

—Si es lo que quieres… —Se encogió de hombros sin darle mayor importancia.

—Quiero. Al fin y al cabo ella sabe lo que ando buscando, ya que tú ni lo preguntas.

—Si hubieras querido que lo supiera ya me lo habrías dicho.

—Buen chico, sí señor. Tan listo como siempre.

Salió del despacho con Sol como su sombra. La estridente música de La Puta de Oros los golpeó de lleno, así como el hedor a alcohol y vómitos. Se abrieron paso entre los tambaleantes cuerpos ebrios de lujuria y llegaron al callejón.

—¿Tienes coche? —preguntó a su acompañante.

—No.

Siguió caminando como si tal cosa. Un frío abrasador se le había postrado en la nuca. No quiso darle importancia. La noche había asomado fría y húmeda a aquellas horas intempestivas. Se subió el cuello de la gabardina y metió las manos en los bolsillos. Sintió alivio al percibir el suave tacto de la empuñadura de su navaja. Solo le había respondido con un simple «No», pero había sonado espeluznantemente extraño. Como si la voz no fuera suya.

Cogieron un taxi que los llevó hasta la catedral en poco más de diez minutos. No volvieron a cruzar palabra alguna. Ni una mirada ni un suspiro. Algo andaba mal. Lo sentía tan vívido como el frío que seguía calándole los huesos.

Caminaron por la estrecha y oscura callejuela que él recordaba haber tomado al salir de la catedral hasta llegar a la pesada puerta de madera contrachapada. Golpeó con contundencia y esperaron a que el Cura apareciera por ella. Al poco de llamar se abrió una pequeña abertura en la entrada, a la altura del estómago, y por ella apareció la boca de una escopeta recortada que restalló en un fogonazo de luz y pólvora, haciendo volar por los aires a Sol.

—Te estaba esperando, zorra —escuchó claramente la voz inconfundible del Cura tras la puerta.

***

Ladridos y maullidos acompañaban con su coro la escena que aún apestaba a pólvora. Todo había sido tan rápido que apenas sí había tenido tiempo a pestañear. El Cura salía del umbral todavía con la escopeta en la mano y una sábana plegada de color marfil en la otra.

—Ayúdame a meterla dentro —ordenó mientras extendía la tela sobre el cuerpo de Sol, que rápidamente lució un estampado carmesí.

—No discutiré las órdenes de un hombre que podría volarme la tapa de los sesos —replicó tras encogerse de hombros y ponerse manos a la obra.

Entraron a Sol en el recinto cogiéndola por axilas y tobillos, y a trompicones consiguieron bajar las escaleras hasta el quirófano. La pusieron sobre la camilla y luego, en silencio, trataron de recuperar el aliento. Parecía increíble que una mujer como ella pesara tanto.

El Cura sacó unas abrazaderas de un cajón y ató las muñecas y los tobillos de Sol a los asideros de la camilla. Con sumo cuidado se aseguró que la sábana cubriera por completo el cuerpo de su nueva paciente y rebuscó en el carro de curas una herramienta un tanto peculiar. Mientras tanto, sigiloso, su cómplice involuntario le echaba el ojo a la escopeta recortada que el Cura había dejado sobre una mesa y se adueñaba de ella para luego apuntarle a la espalda.

—No me gustaría matar a un siervo de Dios por si existe el de arriba y se mosquea —le anunció aferrando con decisión la escopeta—, pero le aseguro, Padre, que lo haré si no me dice ahora mismo por qué se ha cargado a uno de los ejecutores de Miki el Hoyuelos.

—Tú no lo comprendes, muchacho. No podrías comprenderlo —dijo sin volverse mientras apartaba con cuidado la sábana del rostro de Sol.

—Haré un esfuerzo. Y ahora hable.

El aludido siguió tan frío e indiferente como hasta la fecha. Aproximó la herramienta médica a las cuencas oculares de la chica, le abrió los párpados y comenzó a extraerle el ojo izquierdo con pulso firme y seguro.
—¿Por qué no la deja en paz? ¡Ya está muerta, por el amor de Dios!

—No blasfemes —ordenó con la vista vuelta ligeramente sobre el ofendido—. Ya sé que está muerta, pero necesito información. Esa zorra sabía que venías a verme, pero lo que no esperó fue que yo tuviera esto —dijo acariciando la sábana.

—Mire, a mí sus rollos personales me la traen floja, pero me importa mi pellejo, ¿sabe? Miki no va a permitirme un segundo error.

—Miki ordenó tu muerte, estúpido, pero le salió el tiro por la culata.

—A mí ya empieza a dolerme la cabeza.

Resopló, bajó el arma y se dejó caer plomizo sobre un taburete.

—Las respuestas están aquí —sentenció el Cura, que por fin se volvió hacia él para mostrarle el ojo extirpado que luego depositó en una bandeja metálica.

—No tengo hambre, gracias.

—Veremos si sigues conservando el humor cuando descubras la verdad.

Se levantó del taburete con la bandeja en la mano, caminó hacia una de las vitrinas y sacó de un estante algo parecido a un cáliz de acero inoxidable. Vertió en él el contenido de una petaca que guardaba en el bolsillo, metió el ojo y luego encendió una cerilla para seguidamente arrojarla en el recipiente.

—¡Puta del infierno! —comenzó la invocación—. ¡Soy Malaquías, siervo del Grande y Todopoderoso! ¡Muéstrate ante mí, obedece! ¡Muéstrate ante aquel que te ha liberado de tu prisión!

Su acompañante no sabía si reír o dispararle de una vez en la sesera. Un tufo a putrefacción salía de aquella copa metálica y un humo amarillento se concentraba cada vez más y más sobre ella. Se sentía estúpido, pero al mismo tiempo estaba absorto con la puesta en escena.

—Cuánto tiempo, Malaquías, viejo amigo —dijo una sibilante voz de mujer procedente de la pequeña columna de humo amarillento que, sin previo aviso, había tomado la forma de una cabeza humana—. Creí que nunca podría deshacerme del dominio de ese cuerpo.

***

Aquella cabeza traslúcida de rasgos ora de mujer, ora de hombre, ora de ninguno de los dos, lo escrutaba con ojos vacíos y diabólicos y una sonrisa socarrona y maliciosa. Quiso echar mano de la entereza, pero por primera vez en su vida no tuvo muy claro si sabría para qué le serviría en esos momentos. Mientras tanto, el Cura seguía impertérrito, como si tal cosa.

—Vaya Malaquías —dijo alegremente lo que fuera aquel ser y sin apartar la vista de su nuevo objetivo—, veo que hay un maldito contigo. ¿Nos conocemos, chico? Me resultas familiar.

—Calla, mala puta —replicó el Cura—. Dime qué busca ese engendro que se hace llamar Miki el Hoyuelos.

—Oh, viejo amigo, no sabes cuánto echaba de menos tus halagos —suspiró mientras volvía la vista sobre su interlocutor.

—Responde.

—Sabes que lo haría si pudiera, pero pasé demasiado tiempo encerrada en ese cuerpo, y al final ocurrió el peor escenario posible. La lagarta esta consiguió controlarme hasta dominar gran parte de mi poder y mis recuerdos. La verdad, habría preferido que se volviera loca como les pasa a muchos otros.

—Si hubiese querido una lección de demonología me habría comprado un libro, así que deja de andarte con rodeos.

La neblina en forma de cabeza osciló arriba y abajo en un baile perturbador que mostraba su descontento. Acto seguido, el quirófano empezó a cubrirse con una fina capa de escarcha que parecía dispuesta a devorarlo todo. Poco después, retomó la compostura y volvió a mostrar su peculiar sonrisa.

—En recuerdo de la amistad que nos une, voy a pasar por alto el hecho de que te hayas atrevido a compararme con un demonio e intentaré responder a la pregunta a pesar de tus modales. Conociendo la devoción que sientes hacia ÉL, imagino que deben de ir por ahí los tiros, así que veamos… Hmmm… Creo que era algo acerca del códice.

—¿Cuál de todos? —preguntó de mala gana con los puños bien apretados.

— Déjame pensar. —Frunció el ceño neblinoso—. Hmmm… Oh-oh.

—¿Qué es eso de oh-oh?

—Por ser quien soy no sé si debería decir que me temo que hayan podido dar con él… pero sí. Es EL códice.

El Cura hizo un amago de dar un paso atrás para luego retomar la postura firme y decidida. Sin duda aquello no parecía muy buena señal.

—¿Estás segura, vieja chocha?

—Insisto. No me temo que sí.

—¿Quién lo tiene? ¿Miki? ¿Lo tiene Miki?

—De haber sido así, querido, te puedo asegurar que ya nos habríamos enterado. Aunque también puede que esté equivocada. En realidad es muy difícil saber con qué finalidad querría un ente como él el códice. ¿Para asegurarse el poder? ¿Para rendir tributo Al Que Vendrá? Aún después de tantos milenios, sigo sin comprender lo que lo mueve a actuar; aparte de la avaricia, por supuesto.

Malaquías se rascó el mentón, se limpió el sudor de la frente, se pasó la mano por la nuca y comenzó a caminar de arriba abajo por la sala. Sus pisadas iban deshaciendo la escarcha hasta formar un surco claro en el suelo.

—¿Y sabes por qué querían matar al muchacho? —preguntó tras detener la marcha en seco.

—¿En serio? —replicó sorprendida—. ¿Miki quiso deshacerse de un maldito? Vaya, eso es algo que jamás habría dicho. Ya conoces las reglas, así que, ¿para qué iba a buscar una cerradura sin asegurarse de tener al menos una llave? Es absurdo.

—Pero si no es Miki, entonces quién.

—Me temo que no puedo ayudarte en eso, cariño. Mi memoria no alcanza para nada más y empiezo a estar cansada.

—Lo comprendo —dijo apoyando las manos sobre la camilla donde reposaba el cadáver de Sol—. Puedes irte. Te echaré de menos, preciosa.

—¡Arg! —rugió la niebla cuyo rostro comenzó a desdibujarse en el aire hasta desaparecer—. Cuando quieres sabes ponerte de un desagradable…

El Cura sonrió con la boca torcida, mezcla entre el regocijo y la tristeza, para luego dejar caer la cabeza entre los hombros. Parecía tan abatido como consternado.

—¿Piensa decirme de una vez qué coño está pasando? Yo solo tenía que darle una paliza a un tipo y recuperar algo para Miki. Nada más. Un trabajo sencillo. Paliza, llave. Punto. Sin embargo aquí estoy. Las pelotas congeladas de frío, un tajo en el costado que duele del copón y la sensación de que estoy metido de lleno en un pozo de mierda.  Así que dígame, ¿qué, o quién era eso?

—Un ángel. Un precioso ángel. —Volvió a sonreír Malaquías, esta vez con añoranza.

Fin de la segunda entrega.

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Maldito (primera entrega)

Antes de empezar a leer…

1. Sorry por la maquetación. Para presentarlo tipo libro me habría tocado trastear con la CSS y no estaba por la labor.

2. Si no sabes a qué viene esto, te recomiendo que leas la entrada:

Introducción a Maldito

Y ahora sí. Adéntrate en Maldito, si te atreves…

Tardó un rato en ser consciente de que el cuerpo le pedía respirar. Al principio creyó que se trataba de uno de esos sueños absurdos empapados por las brumas alcohólicas de la noche anterior, pero la sensación de asfixia y la pesada losa pegada al cogote (y que no le dejaba levantar la cabeza del váter), acabaron dándole que pensar.

Se debatió con rabia atrapado en el cepo y, justo cuando estaba seguro de que la palmaría, la cabeza se le levantó como un resorte de las aguas fecales, para inhalar después una enorme bocanada de aire liberador.

La tos le sobrevino después. Seca, renqueante, arrancando nicotina de las paredes de la garganta hasta formar flemas espesas. Sentado en el suelo de su cochambroso cuarto de baño sintió un frío glacial intenso. Una risa gutural le arañó la cordura. Procedía de una mancha borrosa sentada en una silla frente a él.

—Hey, cabrón —añadió después su interlocutor—. ¿Te has despertado ya, o necesitas que Héctor te dé otro repaso?

—¿Quién cojones eres? —replicó mientras se limpiaba con la mano los restos de orina que aún le resbalaban por la cara, y sin dejar de controlar en todo momento al mastodonte erguido a apenas un metro de él.

Sus ojos al fin pudieron enfocar lo que antes había sido una mancha borrosa. Aunque la imagen que contempló tampoco le dijo mucho más. Era un tipo rechoncho, de sonrisa torcida y tabique nasal desviado. Los ojos negros como su larga melena y maliciosos como el demonio. Vestía un traje de chaqueta color hueso y de su cuello colgaba una enorme cruz de Caravaca. En el anular derecho, un sello de oro macizo con una L gótica labrada en el centro. La mano le descansaba sobre un bastón de alabastro negro tallado con formas serpenteantes y sinuosas.

—Eres un malhablado, ¿lo sabías?

—Entráis en mi casa sin permiso, me metéis la cabeza en el puto váter, casi me matáis ¿y pretendes que no me cague en tus muertos? Repito. ¿Quién cojones eres y qué cojones quieres?

El interpelado mostró una sonrisa lobuna que le congeló el alma. Sabía que la osadía podía costarle una L incrustada en el cráneo. El grueso sello del anular se despegó del bastón como señal al mastodonte, que dio un paso al frente con la sana intención de cogerle por el pescuezo.

Él, por su parte, reprimió torcer el gesto y desvelar su estratagema. Había esperado aquella reacción más que de sobra. Muchos se sentirían en desventaja estando como estaba en el suelo, pero ese no era su caso. El armario no llegó siquiera a rozarlo. Ágil como un felino, le hizo una llave de tijera a las piernas para hacerle perder el equilibrio y, antes de que el matón cayera al suelo, con una brutal patada le sacó la rótula del sitio. Ahora era su agresor quien estaba tendido en los mugrientos azulejos, indefenso y chillando como un animal.

Contra todo pronóstico, mientras se preparaba para el siguiente ataque, el rechoncho enfundado en su traje color hueso aplaudió la escena, repantigado en la silla, y enseñó la blanca dentadura en una risa casi forzada.

—Para ser un borracho te defiendes bien. No se lo tengas en cuenta a Héctor. Teníamos que asegurarnos de que podrías hacer el trabajo.

—¿De qué trabajo me hablas?

—Recibirás una llamada esta noche de un tipo llamado Mario. Te dirá que Miki el Hoyuelos se ha pensado mejor el que vuelvas a trabajar para él, y tú aceptarás la oferta.

—Ya no hago esa clase de encargos y menos aún para Miki.

—Es que no vas a trabajar para él en realidad. Lo harás para mí.

—¿Y si me niego?

—Dime. ¿Crees que alguien lamentará que un ex drogadicto y un borracho empedernido aparezca muerto en un callejón oscuro con la jeringuilla aún clavada en el brazo? Sin dinero, sin trabajo, sin familia… ¿Quién lo iba a lamentar? Dime. ¿Quién?

***

Aquella parte del trabajo era la que menos le gustaba. No porque no fuera capaz de hacerlo, sino porque, sencillamente, no tenía otra elección y menos ahora que volvía a trabajar para Miki el Hoyuelos.

Apretó la mandíbula al recordarlo; reprimió una maldición en la que se llamaba de todo menos guapo. Odiaba el despojo en el que se había convertido. Odiaba los motivos por los que había acabado así. Pero lo que odiaba más aún era mirarse todos los días al espejo y descubrir en sus ojos que, a pesar de la repulsa que sentía hacia sí mismo, en su situación, no podía hacer mucho más.

Debió haberle partido su gordo pescuezo a aquel tipo y rematar la faena con el guardaespaldas, tal como en otro tiempo hubiera hecho. Pero no fue así. ¿Por qué? No podía haber caído más bajo de lo que ya estaba y tampoco hizo nada por evitarlo. No quiso. Esa era la verdad. La vergonzante verdad.

Observó el cuerpo enclenque y patético del tipo a sus pies, tumbado en el barro, inconsciente después del golpe que le había propinado en la base del cráneo para reducirlo y trasladarlo sin problemas a aquel polígono industrial. Tal como Miki le había ordenado. Apretó aún más los dientes.

No era la primera vez que acudía allí. Solía ir a menudo cuando trabajaba para Miki, años atrás. Días en los que el perfume de Rita lo despertaba con una sonrisa. Con ella conservaba la esperanza de un futuro incierto, sí, pero mejor. Lejos de todo. «Pero Rita ya no está, gilipollas —pensó—. Está muerta. Como todas tus posibilidades de dejar atrás este mundo. Así que acaba el trabajo. Que es para lo único que vales».

Echó un nuevo vistazo en derredor. Nada. A esas horas de la noche el guarda jurado que hacía la ronda estaba demasiado preocupado por que Betty la Rubia, la puta de la rotonda sur, se la mamara un rato; y por otro lado sabía que en aquella nave no había cámaras instaladas y la calle que llevaba hasta ella carecía de iluminación suficiente, con lo que nadie repararía en ellos. No al menos en la próxima hora. Tiempo más que suficiente para él.

Zarandeó al debilucho cuerpo con la punta del zapato para despertarlo. Nunca le gustaba acercarse a ellos. No solo por el hedor a miedo que desprendían, sino por mera precaución. Siempre había algún listillo que se creía lo suficientemente capacitado para reducirlo. A veces habían llegado a golpearlo, para qué negarlo, pero en realidad lo único que habían conseguido fue cabrearlo. Un estado de ánimo no muy recomendable para ellos.

—Eh. ¡Despierta! —dijo con un nuevo puntapié en las costillas.

La misma reacción de siempre. Desorientación, miedo, pánico. Algo de lo más normal para cualquier persona no acostumbrada a ir por la calle una noche, que alguien le pregunte la hora como si tal cosa y, cuando baja la vista para ver el reloj, la oscuridad se cierne y despierta con la nuca palpitando como si la golpeara un martillo de goma; maniatado, amordazado, en medio de a saber dónde y un desconocido al lado, de pie con un tubo de acero en la mano y cara de muy pocos amigos.

—No voy a andarme con rodeos —dijo a su víctima mientras le ponía la barra por delante de la cara—. Miki me ha pedido que te diga que nadie mea en su tiesto. Que le devuelvas lo que es suyo y que si no colaboras te parta las piernas.

Entre temblores, el joven tendido en el suelo asintió histérico mientras su pecho oscilaba arriba y abajo con rapidez. Otra reacción a la que estaba acostumbrado. Lo liberó de la mordaza.

—En el bolsillo de mi chaqueta —confesó el tipo con un hilo de voz—. Ahí está la llave de mi taquilla. Dentro está lo que el señor Miki busca.

—Bien —respondió después de arrodillarse, rebuscar en el bolsillo indicado y cerrar la llave en la mano—. Y ahora Raúl, tengo una mala noticia para ti —dijo mientras se volvía a poner en pie—. Miki me ha pedido que te parta las piernas.

—¡Pero usted dijo…!

—¿Crees acaso que esto me gusta? Me gusta tan poco como a ti. Bueno, a ti puede que te guste menos todavía, no te lo voy a negar. Pero como he tenido que aceptar este maldito trabajo de mierda, tengo que hacer lo que se me ordena.

—Ya tiene lo que quería, por el amor de Dios. ¡No hay necesidad de esto! —lloriqueó asustado.

—Vamos a ver Raúl, compórtate. Si no es cuestión de si te parto ahora las piernas o no. Es cuestión de que si no lo hago y Miki se entera, a quien se las van a partir es a mí, y como tú comprenderás, no es que la idea me atraiga demasiado. Así que toma —dijo metiéndole en la boca un trozo de madera que encontró por el suelo—. Muerde esto.

Sin más dilaciones empezó a golpear al muchacho en las piernas con la barra. Cada golpe era más difícil de acertar que el anterior, ya que el chico no paraba de moverse y retorcerse de dolor mientras aullaba gritos ahogados. Lo odiaba. Odiaba su trabajo. Y con cada golpe sentía cómo se le revolvían las tripas. Y en cada golpe volcaba su frustración. «Ojalá nunca hubiera conocido a Rita. Ojalá nunca hubiera tratado de sacarla de la banda de Miki el Hoyuelos. Ojalá pudiera olvidar».

De repente sintió como si un chorro de fuego se hubiera abierto paso en el costado derecho. Se llevó la mano instintivamente al foco del dolor e, incrédulo, notó como esta se empapaba de calor. Soltó la barra y sintió las piernas flaquearle a traición.

—Mierda —dijo antes de caer redondo al suelo y perder el conocimiento.

***

Toño y Tachas, de pie junto al cuerpo de un moribundo, se debatían inquietos entre el escepticismo y la curiosidad. Tres metros más atrás había otro cuerpo, maniatado y con la garganta cercenada de parte a parte. Con rapidez se habían encargado del difunto, expoliando sus pertenencias a conciencia, pero del otro…

—Sangra como un cerdo —apuntó Tachas.

—Sí —convino el compañero—. Pero este tío es grande, el hijo puta. Seguro que el cabrón aún podría revolverse.

—Y ¿qué hacemos?

—No sé. Registrarlo, supongo. … Empieza tú.

—Y una mierda. Hazlo tú.

—¡Serás gallina, niño de teta! —lo regañó Toño, sin hacer el menor amago por hacerse cargo de la situación; la mirada clavada en el sangrante cuerpo y una cautela no propia de un ratero de poca monta como él.

—Seré un gallina, pero no un estúpido. Y del cobarde será el reino de los cielos.

—Del cordero, gilipollas.

—Pues eso. Del cobarde.

Toño se negó a seguir discutiendo con su compañero. Sabía que sería inútil. Así que se armó del poco valor que tenía, se puso en cuclillas y comenzó a rebuscar en los bolsillos de su objetivo. Poco fue el tiempo que tardó su trasero en besar el embarrado suelo cuando, de improviso, aquel deshecho humano comenzó a toser con insistencia para llevarse luego una mano a los riñones.

—¡Mierda! Te lo dije —exclamó Toño con el corazón a punto de salírsele por la boca.

—¡Corre! —gritó Tachas estirándole del brazo.

—Espera —lo retuvo su compañero en un momento de lucidez después del subidón de adrenalina—. Se me ha ocurrido una idea.

Volvió a ponerse en cuclillas junto al cuerpo, lo zarandeó suavemente y con voz pausada y calma le preguntó:

—Eh, colega, ¿estás bien?

—¿Qué ha pasado? —replicó el interpelado entre toses.

—No sé, tío, pero a tu compañero le han rajado una nueva sonrisa.

—… Mierda.

—Esa herida no pinta nada bien, compadre. Deberías ir a que le echaran un vistazo. Nosotros te llevaremos a ver a un médico.

—Gracias —respondió en un hilo de voz.

Tachas, con la sorpresa desdibujada en el rostro, agarró a Toño fuertemente por el brazo, lo obligó a ponerse en pie, lo alejó unos metros del desconocido y con la mirada cargada de reproche le dijo entre susurros:

—¿Estás loco? ¿Desde cuándo eres el buen samaritano? Si lo llevamos al hospital nos harán un montón de preguntas.

—Suéltame —replicó también susurrante—. No vamos a llevarle a un hospital. Iremos a ver al Cura.

—¿Al cura? ¿Es que quieres que le den la extremaunción? ¡Ay! —se quejó con razón al recibir un contundente cachete entre las orejas.

—Al Cura, gilipollas. Puede que sus riñones no valgan una mierda; el tío huele a alcohol que apesta. Pero sus ojos… Los ojos se venden caros, colega.

—Aaaah… —cayó en la cuenta—. Al Cura —entrecomilló con los dedos—. ¡Qué bueno que eres, tío!

—Por eso soy el jefe.

—¡Tú no eres el jefe, cabrón!

—Cierra el pico y ayúdame a llevarlo al coche —dijo tras golpearlo con fuerza en el hombro hasta hacerle trastabillar—. Él prefiere recibir la mercancía aún con vida.

***

Cuando Toño golpeó con la palma de la mano sobre la chapa metálica que recubría la puerta trasera del refugio del Cura, un frío abrasador se la hirió. La agitó con fuerza y trató de evitar mentar los muertos de nadie. Nunca le había gustado aquel sitio, pero sabía que en esos momentos sería el único lugar para conseguir algo de guita en una noche de mierda como aquella.

La puerta se abrió después de unos tensos minutos de espera mientras el cuerpo del desconocido (que llevaban entre Tachas y él) se hacía cada vez más pesado después de que este perdiera por enésima vez el sentido. Frente a ellos, con el porte serio y escalofriante, estaba el Cura. Un tipo de casi dos metros de altura, escuálido, de piel curtida, los ojos hundidos en las cuencas y escudados tras unas finas lentes de montura de titanio; el cabello gris cortado a cepillo y una barba plateada de tres días. Vestía de negro, lo que acentuaba su delgadez, y por supuesto, lucía alzacuello.

No medió palabra. Se limitó a escrutarlos con sus inquietantes ojos hasta congelarles el alma y luego se apartó a un lado para permitirles el paso. Cruzaron el umbral con la pesada carga a cuestas para luego bajar por las estrechas escaleras que conducían, a su entender, al mismísimo infierno.

El lugar apestaba a moho y humedad, con un punto dulzón mezcla entre el incienso y el formol. El incienso procedía de la capilla que había en el piso superior y en el que todos los días, de seis a siete de la tarde, el Cura decía la misa. El formol procedía del sótano, donde había instalado un quirófano y en el que todas las noches, de cinco a siete de la madrugada, extraía órganos de indigentes e inmigrantes.

Se especulaba mucho acerca de la procedencia del Cura. Historias y habladurías que iban de lo ridículo a lo grotesco. Seguramente, ninguna era cierta… o tal vez todas.

—Dejadlo sobre la camilla —ordenó con una voz tan gélida como indiferente.

—Tiene una herida en el costado —le dijo Toño con la esperanza de que aquella información sirviera de algo—. No creo que aguante mucho.

—Vamos a ver. Ayudadme a darle la vuelta.

Toño y Tachas obedecieron sin rechistar. Ayudaron a darle la vuelta al candidato a cadáver y luego le levantaron la gabardina empapada en sangre para dejar al descubierto la herida. El Cura arrugó la nariz y murmuró:

—No le queda mucho.

—Creemos que los ojos podrían servirte —apuntó Tachas.

—Eso lo decidiré yo —dijo mientras se ponía la bata de cirujano y sacaba una pequeña linterna de uno de los cajones del recogido quirófano—. Los oculares se estropean con rapidez antes incluso de la defunción. Necesitan una buena irrigación todo el tiempo.

El Cura se detuvo petrificado al mirar finalmente a los ojos del donante, como si lo reconociera. Se recompuso, se enfundó los guantes y comenzó a sacar el instrumental.

—¿Cuál de vosotros dos, Toño y Tachas, va a ser candidato voluntario para donar un riñón a este hijo de Dios?

—No bromees con esas cosas, Cura —sonrió Tachas nervioso.

—Yo nunca bromeo —respondió tras sacar una pistola con silenciador de uno de los cajones del carro de curas y apuntarles con un brillo sereno en los ojos—. ¿Quién va a ser el primero en darme una muestra de sangre… voluntariamente? ¿Quién sabe? A lo mejor tenéis suerte y ninguno de los dos sois compatibles con el receptor. Algo que, por otro lado, me cabrearía mucho —dijo con una sonrisa. Tal como sonreiría el mismísimo demonio.

***

Tachas languidecía en el asiento de copiloto entre temblores y sudores fríos. Toño miraba al frente, incapaz de dirigirle la palabra por miedo a lo que pudiera pasar.

—Eh, tío, ¿te encuentras bien? —le preguntó finalmente.

—¿Tú que coño crees? Me han quitado un riñón, voy a morir.

—No seas exagerao. La gente puede vivir sin un riñón. …Menos, eso sí, pero puede vivir.

—¿Quieres no animarme, gracias?

Amanecía en la ciudad. Los barrenderos ponían las calles y las aves nocturnas volvían a sus nidos en busca del descanso para que otras ocuparan su lugar. El miedo a la oscuridad comenzaba a rasgarse con la primera luz del día, pero Toño sabía que aquello no era más que una tregua.

—Me pregunto quién cojones sería el tipo ese —masculló revolviéndose en el asiento.

—¿Quién? ¿El hijoputa que ahora tiene mi riñón? —replicó de mala gana Tachas.

—No, el otro. El que sacó la navaja y empezó a rajar.

—No era un tío. Era una tía.

—Tú qué cojones sabes. Estaba oscuro.

—Di lo que quieras, pero ese cabrón tenía tetas.

Fin de la primera entrega.

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