En ocasiones veo… cosas

A veces no entiendo mis gustos, o quizás deba decir que no sé cómo explicarlos. Lo que en un sitio me funciona, en otro me produce ardor. Aunque es peor cuando estoy viendo algo (peli o serie) y a pesar de los bufidos y las tachas que le encuentro me descubro sin ser capaz de darle al stop. Pues eso mismo me ha ocurrido recientemente.

Iba a dejar un simple comentario en mi muro de FB, pero he decidido compartirlo por aquí y así me explayo a gusto. ¿De qué estoy hablando? Agarraos los machos: de la serie Teen Wolf. ¡Toma ya!

Como ya he dicho en más de una ocasión, no soy lectora de juvenil, pero sí soy consumidora en formato audiovisual, más de lo que os imagináis. Y si es de temática cifi o sobrenatural/fantástica, me tiro de cabeza.

Dicho todo esto, parece que Teen Wolf tenía todas las papeletas para estar en mi lista de series para ver sí o sí. Pues no. Hasta hace unas semanas encontraba todas las excusas posibles para no ver esta serie. Me tiraba taaanto para atrás. Y mira que hace un año o así un colega mío me estuvo hablando de ella con mucho entusiasmo, pero, lo siento mucho, yo solo oía «Blablablá… Y entonces, blablablá».

Netflix la incluyó no hace mucho en su catálogo, y yo pasaba por ella de puntillas. «Huy, no, quita, quita». Hasta que hace dos semanas, muerta de asco, decidí darle un tiento y… el viernes pasado terminé de ver la cuarta temporada (en la plataforma no tienen más). ¿Eso significa que es buena? Hmmm, no exactamente. Entonces, ¿cómo es posible que haya acabado viendo tantas temporadas? Buena pregunta.

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No lo voy a endulzar: las dos primeras temporadas son malillas. Las patadas a la coherencia, los diálogos manidos, los topicazos, el prota soso, soso, soso como él solo y que es «El elegido» porque sí (bueno, porque es el prota), un alfa (Derek) que da lastimica, las escenas gratuitas de tíos cachas sin camiseta (el hombre convertido en objeto, que me chirría una barbaridad, igual que en Arrow)… Un despropósito, vaya. Entonces, ¿por qué seguí viéndola? Sospecho que por el cúmulo de factores:

  1. Me apetecía ver algo de rollo fantástico/sobrenatural y no tenía otra cosa a mano.
  2. Tenía el recuerdo de que mi colega me había dicho que le molaba, así que, en algún momento iba a mejorar la cosa, ¿no?
  3. Tenía cuatro temporadas disponibles y nada mejor que hacer. No es ninguna tontería lo que acabo de decir y me explico: tengo más que comprobado que ver una serie del tirón consigue que me enganche con más facilidad que si la veo según salen los capítulos. La serie Cazadores de sombras, por ejemplo, empecé a verla porque la peli no me disgustó (es normalita y me dejó con ganas de leer los libros), pero cada semana se me hacía más cuesta arriba verla. Tiene casi, casi los mismos problemas que las dos primeras temporadas de Teen Wolf; sin embargo, a una me he enganchado y la otra la he dejado por imposible. Si sacan segunda temporada, quizás le vuelva a dar un tiento, pero solo cuando estén disponibles todos los capítulos.

En fin, la cuestión es que con todos esos factores juntos llegué a la tercera temporada y, oh, madre, en efecto: la cosa mejoró notablemente. La historia no solo se vuelve oscura e interesante (especialmente desde la mitad en adelante), sino que los personajes se desarrollan que da gusto. Scott deja de ser un soso insufrible (no hay nada como un buen corte de pelo para que dejes de comportarte como un sosainas), Derek ya no es un ceño fruncido constante, Lydia adquiere profundidad… y Dylan O’Brien, el actor que interpreta a Stiles (el mejor personaje de toda la serie desde la temporada uno, con diferencia), lo borda que da gusto. En ese momento los «porque sí» dejaron de molestarme tanto y empecé a ver la serie con otros ojos.

La cuarta temporada no tiene el nivel de la tercera, pero la historia y los nuevos personajes consiguen mantenerla muy por encima de esas dos primeras temporadas malucas. Vamos, que le tengo ganas a la quinta, y el tráiler de la sexta y última (lo sé, lo sé, fui masoca al verlo porque creo que me tragué unos cuantos spoilers de la que aún no he visto) tiene una pinta espectacular.

Resumiendo: ¿recomiendo la serie? Puesss… lo más gracioso es que no lo sé. Mis gustos y tragaderas son bastante personales. También soy consciente de que es un juvenil con bastantes agujeros y muchos «porque sí», además de que han sido los personajes secundarios (a los dos protas no los tragaba) quienes han conseguido que no mandara la serie a la mierda y aguantara hasta la tercera temporada. Así que… ahí lo dejo para quien se atreva. Avisados estáis, que conste.

Y ahora a ver si encuentro algo del estilo (libro o serie) que me alivie el mono mientras espero a que Netflix ponga la quinta temporada :-P

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12 vs 22

Título enigmático, lo sé, aunque supongo que unos cuantos se habrán dado cuenta en seguida de qué va a ir esta entrada: sobre series, número de capítulos y, ya puestos, temporadas.

Cuando empecé a ver series japonesas (dorama), hace ya unos cuantos años, descubrí con agrado que se componían de nueve capítulos (once, excepcionalmente)[1] de más o menos una hora de duración. Por aquel entonces, las series anglosajonas eran TODAS de veintidós episodios (algunas veintitrés o veinticuatro) y de cuarenta y dos minutos por episodio (veinticuatro en algunos casos).

Recuerdo que después de ver unos cuantos dorama pensé «Joder, ya podrían hacer esto con las anglos». Pero es que además, salvo unas pocas (muy pocas), todas eran temporadas únicas[2]. En nueve horas, minutos arriba, minutos abajo, te contaban todo lo que te tenían que contar y, lo más importante, te quedabas satisfecha.

Unos tres años después empezaron a aparecer series anglosajonas de doce o trece episodios y de unos cincuenta minutos. A mí se me abrió el cielo. «Ya iba siendo hora», pensé. Y es que veintidós capítulos dan para muuucha paja; el arco argumental (cuando lo había) bien se estiraba y retorcía (an algunos casos hasta el absurdo), bien salía de pasada o no aparecía durante una buena ristra de capítulos, algo muy frustrante, por cierto. Claro que, si los guionistas eran buenos, seguías tragando y tragando capítulo tras capítulo con la esperanza de que la historia fuera tomando forma.

Hmmm… Quizás soy mayor de lo que pensaba, pero… ¿soy la única que recuerda una época en que las temporadas no acababan en cliffhanger? Te contaban una historia y si la serie tenía éxito, pues al año siguiente tenías una nueva entrega. No sé en qué momento dejó de ser así, pero os aseguro que no me lo estoy inventando. Ahora, sin embargo, salvo que se sepa de antemano que se va a cancelar la serie, todas terminan en tachán. A ver por qué.

No sé vosotros; yo empiezo a estar harta. Quizás es porque estoy acostumbrada de tanto ver series asiáticas (japonesas, coreanas y taiwanesas [3], principalmente, y que, salvo el número de capítulos, comparten que son historias únicas y con capítulos de duración similar), pero lo cierto es que me gusta enfrentarme a una serie sabiendo que acaba, que no te vas a pasar chorrocientas temporadas o chorrocientos capítulos esperando a que te resuelvan todo. Prefiero una serie pensada para dos o tres temporadas, por ejemplo, que no saber jamás hasta qué punto están dispuestos a ir, entre guionistas y productores, para explotar la gallina de los huevos de oro.

Claro que mola que tus personajes favoritos no mueran, que vivan miles de aventuras, pero… ¿qué queda para la imaginación? ¿De verdad soy la única que no necesita que se lo cuenten todo? ¿Y los actores? ¿Es que nadie piensa en actores y actrices? Porque otra cosa que me gusta de las series asiáticas es que al estar pensadas en su mayoría como temporadas únicas, cuando descubres un actor o actriz que te mola sabes que no va a quedar encasillado/a en un papel. Interpretará otros tantos roles difrentes, y descubrirás si de verdad es bueno/a o si solo se le da bien una cosa.

En fin, volviendo al tema, me sorprende que siga habiendo series pensadas para veintidós episodios y, además, sin visos de concluir jamás. Salvo un par de honrosas excepciones[4], al menos para mí, las demás series que siguen este formato me tienen un poco harta. En serio, ya que está claro que no están pensadas con un final que lo cierre todo, sino para seguir explotando la mina mientras dure, ¿por qué no dejarse de zarandajas y condensar la serie para que todos los capítulos aporten algo de verdad?

Supongo que no os extrañará saber que me ocurre lo mismo con mis lecturas. Cuando me planteo leer una novela lo primero que miro es si es única o si se trata de una trilogía, o peor: una saga; porque en estos casos suelo encontrarme lo mismo que cuando veo una serie de veintidós episodios: la probabilidad de darte de bruces con capítulos de relleno es alta; y lo odio.

Así que, desde ya, reivindico series de doce capítulos, de cincuenta minutos de duración y con intención de resolver la historia en una, dos o tres temporadas a lo sumo. ¿A que no soy la única?, ¿eh? ¿eh?

Notas:

[1] Las de corte histórico, llamadas jidaigeki, son la gran excepción. Puedes encontrar de treinta y seis episodios, cincuenta y cuatro, ochenta y tantos…, dependiendo del éxito de la serie (Hissatsu Shigotonin es un ejemplo); pero estamos hablando de unos veintialgo a treinta y pocos minutos por capítulo. Y algo similar ocurre con las series chinas de la misma índole. No sé si en Corea también las hay. Me faltan datos.

[2] Sin contar las de género jidaigeki, en algunas ocasiones encuentras series de dos temporadas (y hasta algunos spin off). Curiosamente, las que llegan a tener hasta tres temporadas suelen ser de corte médico por lo general.

[3] En los últimos años me he afiicionado también a las series españolas que, desde ya, reivindico, aunque hay mucho prejuicio pululando por ahí. «Es que son muy largas», me han llegado a decir en más de una ocasión. Bueno, yo estoy más que acostumbrada con las asiáticas, además, me dan ganas de decir «Osea, veintidós capitulazos con paja incluida te parecen bien, pero entre nueve y doce, no. Ajá».

[4] Seguro que alguien está pensando en Doctor Who, y aunque no es santo de mi devoción le concedo que tanto la estructura (una colección de relatos de distinta autoría adaptados a TV) como el cambio de actor principal consiguen que, en cierto sentido, no parezca demasiado repetitiva o estirada. Eso sí, el Deux ex machina que representa el Doctor es invariable en todas las temporadas.

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Netflix entró en mi vida…

…y yo dejé de descargar series. Jamás lo habría pensado, la verdad; y lo mejor es que no me di cuenta hasta hace unos días. Por cierto, recalco lo de series porque es de lo que me nutro, principalmente.

Seguro que alguien piensa «Pero si, ahora mismo, el catálogo de Netflix es limitadito». Cierto, no lo niego, pero ya solo con lo que tiene me ha mamtenido entretenida y… aún no he podido ponerme al día con todo lo que me apetece ver.

La verdad es que un mes antes de meterme en la plataforma se puede decir que «vivía al día». Vamos, que ya no me quedaba nada para ver de una sentada (como a mí me gusta), así que, solo con lo que se estaba emitiendo (y se sigue emitiendo) tenía que conformarme; lo que significa que me esperaba al menos dos semanas para ver dos capítulos seguidos de una serie. En ocasiones, hasta tres, qué menos. Cuando la serie tiene doce episodios, por ejemplo, la espera no es tan irritante; pero cuando hablamos de veintidós…, eso lo llevo peor.

Por otro lado, algo que me sorprende es que no echo de menos ni siento la necesidad de ponerme al día con las temporadas que ya no sigo. Gotham, The Originals, Scream Queens, How to get away with murder, The Blacklist, Supernatural, American Horror Story, Agents of SHIELD, The Flash… Y tampoco le estoy prestando atención a lo que ha ido saliendo como Ash vs Evil Dead, The Expanse

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Eso es imposible, podéis pensar. Creedme, estoy igual de sorprendida. Os juro que con lo «poco» que tiene, aún me faltan cosas por ver. Cierto que de anime, por ejemplo, ya no me queda tanto. Muchos de los títulos restantes no me llaman demasiado, o ya los he visto. Pero… ¿sabíais que han empezado a poner series asiáticas? ¡Toma ya! Ahí me han calao.

De momento, solo hay dos títulos. Una serie japonesa y otra china. De la primera, titulada Atelier, diré que me habría molado hace unos cuantos años (cuando devoraba cualquier dorama que estuviera disponible para descargar), pero visto un par de capítulos, mucho me temo que no voy a continuarla porque me va a cabrear más que otra cosa. Con perlas como «Eres vulgar. Una mujer de verdad se preocupa por su imagen» o «No hay mujer fea, sino perezosa», ¿qué queréis que os diga? Apaga y vámonos. Me recordó bastante a la peli El diablo viste de Prada, cuya moralina me cabreó igual.

En cuantoempresses a la serie china, Empresses in the Palace, no me puedo quejar. No es que sea la caña, pero entretiene. Tiene un par de fallos narrativos (muy puntuales), para mi gusto, pero suficientes elementos para enganchar. Me recordó mucho a lo que estuve investigando sobre los harenes árabes cuando escribía La textura de las palabras. Claro que no es difícil que las situaciones sean similares, por no decir iguales. Puñaladas traperas, envidias, provocar abortos en tus rivales… Todo lo que haga falta para conseguir ascender y ser la favorita del emperador (con la obtención de poder que ello conlleva).

También hay disponibles pelis asiáticas (y lo mismo: chinas y japonesas), algunas de las cuales tenía muchas ganas de ver, pero no había dado con ellas en las plataformas de descarga habituales que frecuento. Vamos, que cuando empiecen a incluir pelis/series taiwanesas y coreanas, voy a morir del gusto y… bye, bye, descargas por internet.

La cuestión es que la piratería es imposible de erradicar, pero sí es posible minimizarla con plataformas como la de Netflix. Yo soy la prueba, y estoy segura de que no la única. Y ojo, mira que la palabra piratería no me gusta. ¿Cuánto de lo que he descargado he acabado comprando? De lo que me ha molado de verdad, casi al completo, en especial si venían en edición chachi guay. Y porque no todo lo que me gusta se distribuye en España, que si no…

Vamos, que otra televisión es posible y las cadenas deben amoldarse a los tiempos que corren. Algunas ya cuelgan sus contenidos en internet… Por cierto, qué cagada la de Antena 3. Me puse un día a ver una de sus series a través de la app de la que dispone mi Smart TV y… ¡ponían anuncios en el capítulo! Vamos, que no sé si la serie molaba o no, porque me cabreé tanto que la mandé a la mierda. «Bueno, pero es que tienes la opción de pago». Vale, de acuerdo. Pues haz como Netflix y ponme todos los capítulos del tirón para que pueda verla como y cuando quiera. No me obligues a pagar tres meses para ver una serie cuando a ti te dé la gana (porque, además, con Antena 3 —y otras cadenas— no puedes fiarte de los días de emisión). Así de sencillo.

En definitiva: larga vida a Netflix. Bienvenido a mi vida. Con lo que cuestas al mes (y si sigues ampliando tu catálogo de esa manera —aunque las pelis las he visto casi todas), seré tuya de por vida, diablosón :-P

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