Esa extraña sensación

Después de varios meses intensos, cargada de trabajo y compromisos hasta las cejas, vuelvo a disponer de tiempo, o al menos eso es lo que parece. Hoy me pongo delante del ordenador arropada por esa extraña sensación de «¿Ya terminé? ¿En serio? ¿Y ahora qué?».

El «ahora qué» es en realidad seguir currando, pero en una actividad que me llena de manera diferente: escribir. E imagino que para quienes estén deseando leer algo mío, también lo agradecerán. Aunque escribo porque me gusta, siempre pienso en vosotros, ¿eh?

Es frustante cuando tienes tiempo y no consigues escribir una página al día, pero estás igual de cansada porque llevas diez horas seguidas frente a la pantalla. Sin embargo, he descubierto que me frustra aún más no disponer de tiempo y morirte de ganas por desparramar los dedos en el teclado. Hasta el hecho de no poder dedicarle un rato al blog, con la cantidad de cosas que me apetecía contar, fue horroroso. Y ese, niños y niñas, ha sido mi día a día en los dos últimos meses, principalmente.

Luego estaba la maldita pregunta: ¿qué he publicado en el 2015? ¿Solo? Debéis tener en cuenta que cuando termino de escribir lo que sea, lo aparco durante un año antes de ponerme con una revisión/correción profunda; excepto cuando se trata de relatos, claro. Dicha corrección puede llevarme meses y meses. Unas veces por falta de ánimo; otras, de tiempo; otras, porque me apetece ponerme con otra cosa… que al acabar aparcaré para que repose bien. En cualquier caso, lo tenía todo más o menos montado para que salieran publicados dos títulos al año (sin importar si era relato y novela, relato y novela corta…,). ¿Por qué?

El porqué lo explica muy bien Mariano Villareal en el artículo Literatura fantástica y trascendencia: la vía lenta. Y cito: «Es el mercado quien impone la periodicidad y condena al ostracismo a aquellos menos prolíficos, que probablemente encontrarán dificultades a la hora de volver a publicar porque su nombre ha perdido fuerza paulatinamente».

Esa era mi preocupación, agravada por una parte por mi perfeccionismo (no voy a mover algo si no estoy segura de que está fetén —hice una excepción recientemente, y estoy que se me llevan los demonios); y por otra, que sigo sin llamarme autora. Aún estoy «empezando», de ahí mi obsesión por que mi nombre no se pierda en la inmensidad.

He de decir, sin embargo, que el artículo me relajó bastante. Gracias, Mariano. Sobre todo por esta parte: «La satisfacción de autor y lector por un producto más elaborado y, por qué no, mejor seguramente derivase en lectores más fieles y escritores más implicados; sin lugar a dudas, la literatura saldría ganando, el mercado puede que no». Y es que no escribo porque vaya a ganarme la vida con ello (agradeceré los dinerillos, por supuesto), sino porque me gusta, me apasiona. Es más, si he rechazado colaborar en algunas antologías porque no veía que pudiera dedicarle el tiempo necesario para presentar algo de lo que estar satisfecha (en lugar de entregar lo que sea por simple compromiso), ¿por qué no aplicarme el cuento con formatos más largos? Así que, mejor no obsesionarme con la periodicidad y asegurarme de que lo que salga sea para sacar pecho. Otra cosa es que luego guste más, o menos, pero lo importante es que no me arrepienta de no haberlo trabajado más.

Para el año que viene puede que os hartéis de mí. Espero, en cualquier caso, que la espera os merezca la pena. Y ahora, si me lo permitís, voy a seguir dándole a la tecla un rato, arropada por esa extraña sensación de «Tengo tiempo. ¡Al fin!»

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