Idiomas, alfabetos y prejuicios

Creo que no es descabellado decir que mi interés por otros idiomas viene desde que tengo memoria. Mis padres se afanaron en que aprendiera a leer pronto, y así, con dos años ya me había empapado de todas las cartillas Rubio. Ya sabéis, esas de «Mi mamá me mima». Así que cuando entré en preescolar, la profesora se encontró con dos mocosos (otro compañero mío, Carlos, y yo) que nos aburríamos soberanamente con el estudio de las vocales. De esta manera, mientras los demás se entretenían aprendiendo a unir consonantes y vocales para forma sílabas, nosotros dos nos levantábamos por turnos para leer un tocho de libro junto a la profe. Pero es que además, por aquel entonces vivía en un pueblo, Massanassa, donde la gran mayoría era valencianoparlante, con lo que muchos niños estaban aprendiendo a leer en castellano en realidad, mientras entre ellos hablaban en valenciano.

Permitidme que me detenga un momento para contar una anécdota:

En mi casa se habla castellano (mis padres son de La Mancha). Entienden el valenciano perfectamente y, con un poco de esfuerzo, pueden hablarlo, pero no es la norma. Aun siendo así, cuando surgió la posibilidad de que yo hiciera el EGB en la línea en valenciano, no se lo pensaron dos veces y me apuntaron. Mi candidatura, no obstante, no fue aceptada porque… en mi casa se hablaba castellano, así que los profesores pensaron que sería inútil enseñarme si después no lo iba a poner en práctica al salir de la escuela. Pero lo más gracioso fue que la mayoría de los otros padres (valencianoparlantes) querían que sus hijos estudiaran en castellano, así que ante la falta de alumnos solo hubo una línea.

Para mí no supuso un gran trauma. Después de todo me había pasado dos años (desde preescolar hasta 1º de EGB) escuchando a mis compañeros hablar en valenciano, y así es cómo lo aprendí. Nadie me enseñó. Solo puse la oreja y mucha atención. Es más, en mi clase fui de las que mejores notas sacaba en la asignatura de valenciano, tanto en el colegio como en el instituto. Ni que decir tiene que cada vez que veo la escena del Guerrero nº 13 en la que el personaje de Antonio Banderas aprende a hablar el idioma de los vikingos me sale una sonrisilla… De hecho, empleé la misma técnica durante mi estancia en Gante (en la parte flamenca de Bélgica), escuchando la radio y las conversaciones que captaba en el bus. De esta forma aprendí a detectar patrones, expresiones y demás para poder defenderme más o menos con el idioma. Sobre todo, y muy importante, para saber si me estaban tomando el pelo, por ejemplo.

La cuestión es que mi interés por saber más idiomas no se detuvo ahí. Con ocho años me confeccioné una libreta en las que pegaba retales fotocopiados con los alfabetos que había encontrado en varios libros: griego, sánscrito, cirílico… hasta jeroglíficos egipcios y mayas. Tuve suerte de que mis padres leían mucho y tenían libros de todo.

Para más suerte aún, los profes de valenciano (tanto en el colegio como en el instituto) nos mandaba lecturas muchísimo más interesantes que los de castellano. Por aquel entonces no sabía que eso que nos hacían leer era ciencia ficción, solo que me gustaba. Y entre todos aquellos títulos estaba Els llenguatges de Pao (The Languages of Pao) de Jack Vance. Aquello fue el acabose, y desde entonces cualquier ensayo o novela que ha caído en mis manos sobre ese menester lo he devorado.

El inglés lo estudié por mi cuenta (desde EGB hasta la Universidad siempre cogí la asignatura de francés), así empecé con el japonés (hasta que descubrí que el departamento de idiomas de la universidad impartía cursos) y así lo estoy haciendo con el coreano. Aunque he de decir que con este último me costó un poco más entrar por una cuestión de prejuicios, la verdad.

Mi interés por Japón comenzó con el anime y a partir de ahí hice todo lo posible por aprender sobre aquella cultura tan particular. La fascinación que sentía por este país no me permitía, en demasiadas ocasiones, ser también crítica. Era consciente del racismo, la misoginia y el chovinismo, pero no le daba apenas importancia. Como a muchos otros, todo me parecía maravilloso y punto. No digo que sus peculiaridades no los hagan especiales, sino que en todas partes cuecen habas, y colocarlos en un pedestal no es sano, porque es demasiado fácil perder la perspectiva. Pero bueno, la cuestión es que a pesar de ser consciente en el fondo de cosas como que por ser mujer y por mi forma de ser no aguantaría mucho viviendo allí, fui un poco borrega.

Por ejemplo: a lo largo de todos estos años conocí a unos cuantos japoneses a los que mentarles Corea era casi una ofensa, y los españolesjaponésidos les hacían los coros. Yo no fui menos, ojo. También quería agradar, así que decía las mismas tonterías y prejuicios que ellos. Hasta que cierto día, en unas jornadas en las que participó la asociación japonésida a la que yo pertenecía, uno de los japoneses que vino a apoyarnos en el evento me preguntó qué pensaba de los coreanos. Contesté que no me gustaban, así que me preguntó por qué. Le dije un montón de tonterías (que si las pienso ahora me dan vergüenza) y aunque su reacción fue muy educada, detecté que mi respuesta no le había gustado. Tal vez el chico tenía descendencia coreana, o puede que sencillamente no fuera un racista de mierda; fuera como fuese, me quedó claro que la había cagado.

Aquello fue la semilla que un año después me permitió apartar los prejuicios y darle una oportunidad a una serie coreana. Me había visto casi todas las japonesas y taiwanesas (todo con tal de no ver una coreana, a pesar del entusiasmo con el que eran recibidas por parte de los usuarios de la web de la que me nutría) y sin nada más que consumir (ni siquiera anglosajonas), me decidí finalmente y… quedé atrapada para siempre. Y lo mismo que me pasó con Japón en su día, me ocurrió con Corea: necesitaba saber más sobre ese país, algo que no fue fácil porque en castellano apenas encuentras información.

Así descubrí, por fin, 1) de donde venía el prejuicio de los japoneses por los coreanos (pa matarlos, oiga) y 2) que no es un sentimiento extendido por todo Japón, cosa que es un alivio, al menos para mí, porque así no me siento culpable por gustarme los dos países por igual, aunque sea por motivos diferentes.

Pero bueno, no me voy a enrollar más en este tema, que yo he venido a hablar de idiomas y alfabetos.

Al principio me costó entrar por el idioma (donde estuviera la sonoridad del japonés…), hasta que poco a poco fui cogiéndole el gusto, reconociendo palabras y expresiones de tanto oírlas (y por tanto, empecé a ver cuándo los subtítulos no se ajustaban del todo a lo que se estaba diciendo)… y así mi interés por aprenderlo fue en aumento, hasta que un día decidí ponerme a ello.

¿Y qué es lo primero que descubres cuando estudias coreano? Que aprender el alfabeto (sí, sí, alfabeto; como nuestro abecedario) te lleva una tarde, y a partir de ese momento puedes LEER LO QUE SEA. Tal vez no entiendas ni papa de lo que pone, pero insisto, puedes LEERLO. ¿Y eso qué tiene de especial? En serio, no os hacéis una idea de lo importante que es.

Creo que ya he comentado en alguna ocasión que estudié japonés durante tres años (lo intenté con el chino, pero no me gusta naaadaaa). La gramática japonesa es muy, muy sencilla, lo que te permite aprender pronto a defenderte con el idioma. El gran problema que tiene, al menos para mí, es la lectura (y sospecho que con el chino pasa tres cuartos de lo mismo, o peor). Como es un idioma que no practicas de normal, el esfuerzo reside en aprenderse los kanji (ideogramas chinos) y repasarlos cada poco para que no se te olviden. Me sé el silabario hiragana y el katakana al dedillo (no te hace falta repasarlo todos los días para recordarlo), sin embargo, resulta insuficiente, lo que acaba siendo muy frustrante. Me explico:

El japonés (como el chino) es un idioma de clases (en cuanto a la lectura) producto del maldito confucionismo. El hiragana es lo que leen los niños, mientras que el katakana se utiliza para la transcripción de sonidos/palabras extranjeras.  Se emplean ambos en la escritura, pero para verbos, adjetivos y sustantivos se usan kanji. ¿En qué se traduce eso? Pues que puedes hablar japonés con fluidez y ser incapaz de leer un periódico, por ejemplo. Tu estatus versa en la cantidad de kanji (ideogramas) que conoces. En definitiva: un sistema de clases. Si tienes dinero accedes a la educación, ergo tu número de kanji aprendidos aumenta y por tanto obtienes mayor (in)formación (acceso a textos). En mi caso: ¿de qué me sirven tres años de gramática y vocabulario si se me olvidan los kanji por no usarlos? Pues para ver series y pelis, pero no para comprarme un libro y leerlo, por ejemplo.

A la mente me viene ahora mismo la serie japonesa Sunao ni narenakute (素直になれなくて) que trata sobre un grupo de amigos que se conocen a través de twitter. En cierto momento, uno de ellos revela que en realidad es coreano (el actor en verdad lo es). Todos flipan porque tiene un japonés impecable (lo confirmo: ni se me pasó por la cabeza que el chaval no fuera japonés), y entonces otro de los colegas dice «Ah… Ahora entiendo por qué escribes los mensajes solo en hiragana». ¿Entendéis adónde quiero llegar? Es más, yo creo que a los japoneses más snobs les debe molar que para un extranjero le sea tan difícil, así un gaijin siempre será un gaijin.

Pero volviendo al tema del coreano, imaginaos mi alegría cuando descubrí que no solo podía leer lo que me echaran, sino que además, al tener una estructura gramatical parecida al japonés, aprenderlo me estaba resultando mucho más sencillo de lo que esperaba. Eso sí, no sé por qué, di por supuesto que siempre habían tenido ese sistema de escritura, pero entonces llegó mi segunda sorpresa: fue creado en 1443 por el rey Seyong y promulgado en 1446. Antes de eso se utilizaba únicamente los caracteres chinos.

La creación del hangul me parece un tema fascinante, sobre todo por la gran visión que tuvo este rey: pasar de los ideogramas y emplear una transcripción fonética. ¿Y eso que implicaba? Que cualquier coreano, sin importar su condición social, supiera leer y escribir (no es lo mismo aprenderse un mínimo de mil ideogramas que veintisiete simbolitos). Es decir: el acceso a la (in)formación y la capacidad de expresar ideas, ya no era algo exclusivo de las clases altas. Ahí es nada.

Cartel de la serieDesde ya recomiendo encarecidamente la serie Puriguipn Namu* (뿌리깊은 나무, algo así como Árbol muy enraizado/arraigado) basada en la novela de Lee Yong Myong**  (que espero poder leer algún día) y que trata sobre cómo se las vio y se las ingenió este rey para poder sacar adelante este alfabeto. Obviamente, no conozco lo suficiente sobre historia de Corea para saber qué partes son ficción y qué partes son reales, aun así, mucho de lo que se cuenta me parece de cajón. Por ejemplo, la reacción de los nobles al conocer la existencia del alfabeto.

Hay que tener en cuenta que en aquella época para ser funcionario se debía pasar un examen escrito. Para ello, no solo era necesario saber los caracteres chinos (Jan-ya, 한자), sino haber leído a Confucio y a los filósofos que comulgaban con sus ideas. Aunque por ley cualquiera podía presentarse al examen (salvo los esclavos), está claro que un campesino no se presentaría jamás porque ¿de dónde iba a sacar tiempo para estudiar? Se daban casos de hijos de comerciantes que lo habían pasado, pero jamás habían podido optar a un puesto de importancia porque adquirían los conocimientos justos para aprobar y poco más. Eso se reducía a: solo los nobles (a base de dinero y tiempo libre) gobernarían el país.

En cierto momento de la serie, un noble intenta a explicarle a otro lo que implica que el alfabeto del rey se promulgue. No solo supone la alfabetización de las clases bajas, y que por tanto puedan presentarse al examen y hasta que alguno llegue a formar parte del gobierno, sino que al ser un sistema de escritura tan sencillo, se dejará de lado los caracteres chinos, se dejará de leer a Confucio (porque los libros están en jan-ya) y adiós al neo confucionismo. La gente pensará que se puede gobernar de otra manera, sin necesidad de un sistema de clases. Vamos, el horror, el horror para los que han estado gobernando toda la vida alegando además que era su derecho.

Por supuesto, este argumento es un tanto exagerado. Como bien dice el prota de la serie, aunque la plebe aprenda a leer, el rico seguirá siendo rico y el pobre, pobre, pero no deja de tener su punto: los campesinos no serán timados por los oficiales del gobierno para firmar documentos, por ejemplo, y además podrán escribir sus reclamaciones y quejas sin intermediarios que las manipulen.

La serie es en realidad mucho de intrigas y trama policiaca, pero las partes que tratan sobre el alfabeto resultan interesantísimas para quien, como a mí, le apasiona todo lo que tiene que ver con el lenguaje. Solo comentar y analizar esas escenas me llevaría otra entrada con sus correspondientes spoilers. Hmmm… Puede que otro día.

Otro cartel de la serie

También es verdad, aviso, que para quien no ha visto pelis o series coreanas de época, puede resultarle un poco durilla al principio. No solo por el patatús que le puede dar a alguien al ver esos sombreros ridículos y esa ropa de colores chillones, sino porque hasta el cuarto capítulo (de una hora cada uno) no entran en materia y se entretienen contándote el pasado de los personajes. Cosa que está bien para que comprendas por qué se comportan de esa manera durante la serie, pero está contando con ese ritmo lento y pausado tan asiático que puede no ser del gusto de todos.

Pero bueno, para ir cerrando el tema (que me emociono sola y charro y charro sin parar), cada día me voy enamorando un poco más de Corea. De su historia, su cultura y sus gentes (lo que no quita que haya aprendido a ser crítica y no todo lo suyo me parece superchachiguay sin discusiones). Sigue sin convencerme ese confucionismo tan enraizado en la sociedad, en el que todo tiene su lugar y hay una jerarquía de tratamiento para todo. Cuando descubrí por primera vez esa filosofía de vida al estudiar Japón, me pareció como muy exótico y tal, pero más adelante, y como occidental que soy, el sentido práctico me da urticaria. No obstante, me resulta muy chocante descubrir lo increíblemente críticos que son los coreanos con el sistema de gobierno, por ejemplo. Los japoneses también lo son, aunque de una manera velada. Es algo que está ahí, pero nadie habla. Y aguantan y aguantan hasta que de repente se les hincha las narices y se vuelven un torbellino revolucionario. Los coreanos, por el contrario, son más abiertos en ese sentido, y no tiene problema alguno en criticar, cuestionar o poner verde al dirigente que haga falta.

Sé que de un tiempo a esta parte muchos estudiosos del lenguaje ya no comulgan con la teoría de que el idioma refleja el carácter de una sociedad. Tendrán razón; no soy una experta para rebatirlo. Y es posible que no sea más que añoranza al recordar la impresión que me causó en su día The languages of Pao (que trata sobre eso mismo); pero qué queréis que os diga, la idea de que en parte son así porque el rey Seyong les dio un alfabeto con el que poder expresar sus ideas me resulta… romántica, qué le vamos a hacer :-P

Pues eso. Que los prejuicios se curan cuando hay voluntad, ganas de atreverse a dar el primer paso, aunque eso implique abandonar la comodidad que supone lo que ya conoces y controlas y hasta descubrir que no todo era como te habían contado. En mi caso me ha valido para encontrar un mundo nuevo que cada día me muero por explorar, y que lamento haber despreciado desde el desconocimiento.

Ah, y hacedme caso. Dadle una oportunidad a esta serie (puede que la encontréis con el título en inglés Tree With Deep Roots). Sé que no es pedir poco y que más valdría empezar con algo menos largo como una película, pero si conseguís pasar los cuatro primeros capítulos, os aseguro que luego no podréis parar.

___________

*La romanización del coreano es una mierda por dos razones:

1) Está sacada del inglés. Algo que resulta muy frustrante cuando lees los nombres de personas o instituciones en los subtítulos y no se parecen en nada a lo que estás oyendo, por mucho que intentes pronunciarlo a la inglesa.

2) Nadie se pone de acuerdo y cada poco la están cambiando. Me costó descubrir que Joseon y Chosun hacía referencia a lo mismo pero romanizado de manera distinta.

Así que he decidido hacer una romanización en español donde lo que se lee (jotas incluidas) es la pronunciación que más se acerca al original. Salvo cuando escribo por ejemplo el nombre del alfabeto, hangul (y no Jangul), o el de Lee (que en realidad se pronuncia «i»), pero como está tan extendido, pues lo dejo igual.

**Por lo que he podido averiguar, este autor escribe sobre todo novelas de ambientación histórica y corte policiaco/detectivesco, y la que comento, desgraciadamente, ni siquiera está traducida al inglés. Vaya, me va a tocar ponerme las pilas con el coreano :-S

ENLACES DE INTERÉS

Sobre Seyong el Grande: http://es.wikipedia.org/wiki/Sejong_el_Grande

Sobre el hangul: http://es.wikipedia.org/wiki/Hangul

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6 thoughts on “Idiomas, alfabetos y prejuicios

  1. Interesante lo del alfabeto de los coreanos que no tenia ni idea, pero aunque me acuses de mirar el dedo cuando señalas la luna, y como consumidor de animes variados y amante de la cultura japonesa, me he quedado con la duda sobre:

    ¿De donde venía el prejuicio de los japoneses por los coreanos ?

    En cuanto a esa “facilidad” para los idiomas, envidia cochinera de la grande. Pa 4 cuatro palabras que se de ingles…

    • Hola ^^

      Pues a ver, voy a intentar resumir lo más que pueda porque la historia viene de lejos (aunque me centraré en la más reciente) y al mismo tiempo tiene mucho que ver con la propia ideosincrasia japonesa. Ya sabes, la de dividir el mundo entre japoneses y no japoneses, aparte de la extrema jerarquización de todo. Es más, la manía que le tienen a los chinos (a pesar de que en su día los tomaran como referente de cultura y progreso), sospecho que debe ser por lo mismo.

      Me imagino que habrás visto alguna película ambientada en la Segunda Guerra Mundial y centrada en algún campo de prisioneros japonés. Aunque hijos de puta hay en todas partes, lo que no cuentan en estas películas es que los encargados del campo de prisioneros no es que se comportaran así porque fueran viles, malosos (alguno habría, pero tampoco hay que generalizar), sino porque para un japonés, el que pierde la batalla, pierde también cualquier derecho. Y daba por hecho, además, que el vencido conocía su lugar y que por tanto, si actuaba como un cobarde y no se quitaba la vida en un acto que le honrara, acataría su mísera condición sin rechistar. Y ojo, este sentimiento es sobre vencedores y vencidos. Vamos que, en las guerras entre japoneses pasaba lo mismo.

      Pues bien, cuando a principios del S. XX Japón consigue cumplir su sueño expansionista e invade Corea (también buena parte de los territorios de China hasta casi llegar a Rusia, pero vamos a centrarnos en un solo territorio), las tropas japonesas aplican esa forma de ver a los vencidos que he contado arriba. Para ellos, los coreanos no son considerados japoneses (a pesar de incorporar el territorio a su «Imperio» durante 35 años), pero tampoco «personas», sino derrotados que no tienen derecho a quejarse y en consecuencia hasta el soldado más raso puede tratar a un coreano como le venga en gana. Hasta matarlo porque lo está mirando mal, por ejemplo. Vamos, como el samurai que mata al campesino por lo mismo.

      Pero claro, los coreanos (como los chinos, los rusos y más delante los aliados: americanos, ingleses, etc.) no lo veían de esa manera, y opusieron toda la resistencia que pudieron e intentaron forzar la independencia una y otra vez. Qué desfachatez, ¿verdad?

      Así que ese sentimiento viene por una parte del rencor (al haber conseguido Corea independizarse de Japón, forzado además por los americanos) y por otra por el desprecio (los coreanos fueron vencidos, los altos mandos fueron unos cobardes que no se suicidaron con honor, su papel al ser derrotados, quisieran o no, era de inferiores, el eslabón más bajo). Con el paso de los años, ese origen de todo se ha perdido y solo queda el: los coreanos son lo peor de lo peor.

      Actualmente, ese sentimiento anticoreano es explotado por lo que se podría llamar la ultraderecha japonesa (y apoyado por muchos jóvenes que de todo esto no tienen mucha idea, solo de oídas). Pero ojo, en Corea existe el homólogo, con el sentimiento antijaponés respaldado por los ultranacionalistas. Por fortuna, en ambos países hay mucha gente con ganas de llegar a un entendimiento y trato cordial. Después de todo son vecinos y tienen que compartir espacio quieran o no.

      Por poner un símil, sería parecido a las relaciones entre españoles y franceses. La diferencia es que lo último que ocurrió entre ambos países fue hace mucho, mucho tiempo, y esto aún es historia reciente entre Corea y Japón (la ocupación japonesa terminó en 1945, son 70 años de nada; todavía quedan supervivientes de ese periodo en ambos bandos).

      Como digo, está todo muyyy resumido, pero espero haber explicado la idea general más o menos bien.

  2. En realidad el prejuicio anticoreano por parte de los japoneses viene ya de antiguo. Hacia mil quinientos y pico quisieron usar Corea como cabeza de playa para invadir China y ya entonces los coreanos eran calificados despectivamente como “comedores de ajo” y lindezas similares.

    Evidentemente, la ocupación a principios del siglo XX de Corea no mejoró las cosas, por supuesto.

    • En efecto. Como comento al principio, la historia viene de lejos, pero he preferido explicar la más reciente. Y tampoco me he parado a hablar del conflicto por los islotes que cada poco está provocando problemas diplomáticos.

      En realidad, desde el mismo momento en el que los japoneses decidieron expandir su territorio, hace ya la tira, prendió la mecha. Lo que no deja de ser curioso, teniendo en cuenta que tanto China como Corea (de ambos echan pestes) fueron en su día los que ayudaron a que Japón se desarrollara tanto en cultura como en tecnología.

  3. Gracias por responder, Felicidad. Más o menos me sonaba el tema del rencor, pero lo has ampliado y aclarado muy bien.

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