Maldito (primera entrega)

Antes de empezar a leer…

1. Sorry por la maquetación. Para presentarlo tipo libro me habría tocado trastear con la CSS y no estaba por la labor.

2. Si no sabes a qué viene esto, te recomiendo que leas la entrada:

Introducción a Maldito

Y ahora sí. Adéntrate en Maldito, si te atreves…

Tardó un rato en ser consciente de que el cuerpo le pedía respirar. Al principio creyó que se trataba de uno de esos sueños absurdos empapados por las brumas alcohólicas de la noche anterior, pero la sensación de asfixia y la pesada losa pegada al cogote (y que no le dejaba levantar la cabeza del váter), acabaron dándole que pensar.

Se debatió con rabia atrapado en el cepo y, justo cuando estaba seguro de que la palmaría, la cabeza se le levantó como un resorte de las aguas fecales, para inhalar después una enorme bocanada de aire liberador.

La tos le sobrevino después. Seca, renqueante, arrancando nicotina de las paredes de la garganta hasta formar flemas espesas. Sentado en el suelo de su cochambroso cuarto de baño sintió un frío glacial intenso. Una risa gutural le arañó la cordura. Procedía de una mancha borrosa sentada en una silla frente a él.

—Hey, cabrón —añadió después su interlocutor—. ¿Te has despertado ya, o necesitas que Héctor te dé otro repaso?

—¿Quién cojones eres? —replicó mientras se limpiaba con la mano los restos de orina que aún le resbalaban por la cara, y sin dejar de controlar en todo momento al mastodonte erguido a apenas un metro de él.

Sus ojos al fin pudieron enfocar lo que antes había sido una mancha borrosa. Aunque la imagen que contempló tampoco le dijo mucho más. Era un tipo rechoncho, de sonrisa torcida y tabique nasal desviado. Los ojos negros como su larga melena y maliciosos como el demonio. Vestía un traje de chaqueta color hueso y de su cuello colgaba una enorme cruz de Caravaca. En el anular derecho, un sello de oro macizo con una L gótica labrada en el centro. La mano le descansaba sobre un bastón de alabastro negro tallado con formas serpenteantes y sinuosas.

—Eres un malhablado, ¿lo sabías?

—Entráis en mi casa sin permiso, me metéis la cabeza en el puto váter, casi me matáis ¿y pretendes que no me cague en tus muertos? Repito. ¿Quién cojones eres y qué cojones quieres?

El interpelado mostró una sonrisa lobuna que le congeló el alma. Sabía que la osadía podía costarle una L incrustada en el cráneo. El grueso sello del anular se despegó del bastón como señal al mastodonte, que dio un paso al frente con la sana intención de cogerle por el pescuezo.

Él, por su parte, reprimió torcer el gesto y desvelar su estratagema. Había esperado aquella reacción más que de sobra. Muchos se sentirían en desventaja estando como estaba en el suelo, pero ese no era su caso. El armario no llegó siquiera a rozarlo. Ágil como un felino, le hizo una llave de tijera a las piernas para hacerle perder el equilibrio y, antes de que el matón cayera al suelo, con una brutal patada le sacó la rótula del sitio. Ahora era su agresor quien estaba tendido en los mugrientos azulejos, indefenso y chillando como un animal.

Contra todo pronóstico, mientras se preparaba para el siguiente ataque, el rechoncho enfundado en su traje color hueso aplaudió la escena, repantigado en la silla, y enseñó la blanca dentadura en una risa casi forzada.

—Para ser un borracho te defiendes bien. No se lo tengas en cuenta a Héctor. Teníamos que asegurarnos de que podrías hacer el trabajo.

—¿De qué trabajo me hablas?

—Recibirás una llamada esta noche de un tipo llamado Mario. Te dirá que Miki el Hoyuelos se ha pensado mejor el que vuelvas a trabajar para él, y tú aceptarás la oferta.

—Ya no hago esa clase de encargos y menos aún para Miki.

—Es que no vas a trabajar para él en realidad. Lo harás para mí.

—¿Y si me niego?

—Dime. ¿Crees que alguien lamentará que un ex drogadicto y un borracho empedernido aparezca muerto en un callejón oscuro con la jeringuilla aún clavada en el brazo? Sin dinero, sin trabajo, sin familia… ¿Quién lo iba a lamentar? Dime. ¿Quién?

***

Aquella parte del trabajo era la que menos le gustaba. No porque no fuera capaz de hacerlo, sino porque, sencillamente, no tenía otra elección y menos ahora que volvía a trabajar para Miki el Hoyuelos.

Apretó la mandíbula al recordarlo; reprimió una maldición en la que se llamaba de todo menos guapo. Odiaba el despojo en el que se había convertido. Odiaba los motivos por los que había acabado así. Pero lo que odiaba más aún era mirarse todos los días al espejo y descubrir en sus ojos que, a pesar de la repulsa que sentía hacia sí mismo, en su situación, no podía hacer mucho más.

Debió haberle partido su gordo pescuezo a aquel tipo y rematar la faena con el guardaespaldas, tal como en otro tiempo hubiera hecho. Pero no fue así. ¿Por qué? No podía haber caído más bajo de lo que ya estaba y tampoco hizo nada por evitarlo. No quiso. Esa era la verdad. La vergonzante verdad.

Observó el cuerpo enclenque y patético del tipo a sus pies, tumbado en el barro, inconsciente después del golpe que le había propinado en la base del cráneo para reducirlo y trasladarlo sin problemas a aquel polígono industrial. Tal como Miki le había ordenado. Apretó aún más los dientes.

No era la primera vez que acudía allí. Solía ir a menudo cuando trabajaba para Miki, años atrás. Días en los que el perfume de Rita lo despertaba con una sonrisa. Con ella conservaba la esperanza de un futuro incierto, sí, pero mejor. Lejos de todo. «Pero Rita ya no está, gilipollas —pensó—. Está muerta. Como todas tus posibilidades de dejar atrás este mundo. Así que acaba el trabajo. Que es para lo único que vales».

Echó un nuevo vistazo en derredor. Nada. A esas horas de la noche el guarda jurado que hacía la ronda estaba demasiado preocupado por que Betty la Rubia, la puta de la rotonda sur, se la mamara un rato; y por otro lado sabía que en aquella nave no había cámaras instaladas y la calle que llevaba hasta ella carecía de iluminación suficiente, con lo que nadie repararía en ellos. No al menos en la próxima hora. Tiempo más que suficiente para él.

Zarandeó al debilucho cuerpo con la punta del zapato para despertarlo. Nunca le gustaba acercarse a ellos. No solo por el hedor a miedo que desprendían, sino por mera precaución. Siempre había algún listillo que se creía lo suficientemente capacitado para reducirlo. A veces habían llegado a golpearlo, para qué negarlo, pero en realidad lo único que habían conseguido fue cabrearlo. Un estado de ánimo no muy recomendable para ellos.

—Eh. ¡Despierta! —dijo con un nuevo puntapié en las costillas.

La misma reacción de siempre. Desorientación, miedo, pánico. Algo de lo más normal para cualquier persona no acostumbrada a ir por la calle una noche, que alguien le pregunte la hora como si tal cosa y, cuando baja la vista para ver el reloj, la oscuridad se cierne y despierta con la nuca palpitando como si la golpeara un martillo de goma; maniatado, amordazado, en medio de a saber dónde y un desconocido al lado, de pie con un tubo de acero en la mano y cara de muy pocos amigos.

—No voy a andarme con rodeos —dijo a su víctima mientras le ponía la barra por delante de la cara—. Miki me ha pedido que te diga que nadie mea en su tiesto. Que le devuelvas lo que es suyo y que si no colaboras te parta las piernas.

Entre temblores, el joven tendido en el suelo asintió histérico mientras su pecho oscilaba arriba y abajo con rapidez. Otra reacción a la que estaba acostumbrado. Lo liberó de la mordaza.

—En el bolsillo de mi chaqueta —confesó el tipo con un hilo de voz—. Ahí está la llave de mi taquilla. Dentro está lo que el señor Miki busca.

—Bien —respondió después de arrodillarse, rebuscar en el bolsillo indicado y cerrar la llave en la mano—. Y ahora Raúl, tengo una mala noticia para ti —dijo mientras se volvía a poner en pie—. Miki me ha pedido que te parta las piernas.

—¡Pero usted dijo…!

—¿Crees acaso que esto me gusta? Me gusta tan poco como a ti. Bueno, a ti puede que te guste menos todavía, no te lo voy a negar. Pero como he tenido que aceptar este maldito trabajo de mierda, tengo que hacer lo que se me ordena.

—Ya tiene lo que quería, por el amor de Dios. ¡No hay necesidad de esto! —lloriqueó asustado.

—Vamos a ver Raúl, compórtate. Si no es cuestión de si te parto ahora las piernas o no. Es cuestión de que si no lo hago y Miki se entera, a quien se las van a partir es a mí, y como tú comprenderás, no es que la idea me atraiga demasiado. Así que toma —dijo metiéndole en la boca un trozo de madera que encontró por el suelo—. Muerde esto.

Sin más dilaciones empezó a golpear al muchacho en las piernas con la barra. Cada golpe era más difícil de acertar que el anterior, ya que el chico no paraba de moverse y retorcerse de dolor mientras aullaba gritos ahogados. Lo odiaba. Odiaba su trabajo. Y con cada golpe sentía cómo se le revolvían las tripas. Y en cada golpe volcaba su frustración. «Ojalá nunca hubiera conocido a Rita. Ojalá nunca hubiera tratado de sacarla de la banda de Miki el Hoyuelos. Ojalá pudiera olvidar».

De repente sintió como si un chorro de fuego se hubiera abierto paso en el costado derecho. Se llevó la mano instintivamente al foco del dolor e, incrédulo, notó como esta se empapaba de calor. Soltó la barra y sintió las piernas flaquearle a traición.

—Mierda —dijo antes de caer redondo al suelo y perder el conocimiento.

***

Toño y Tachas, de pie junto al cuerpo de un moribundo, se debatían inquietos entre el escepticismo y la curiosidad. Tres metros más atrás había otro cuerpo, maniatado y con la garganta cercenada de parte a parte. Con rapidez se habían encargado del difunto, expoliando sus pertenencias a conciencia, pero del otro…

—Sangra como un cerdo —apuntó Tachas.

—Sí —convino el compañero—. Pero este tío es grande, el hijo puta. Seguro que el cabrón aún podría revolverse.

—Y ¿qué hacemos?

—No sé. Registrarlo, supongo. … Empieza tú.

—Y una mierda. Hazlo tú.

—¡Serás gallina, niño de teta! —lo regañó Toño, sin hacer el menor amago por hacerse cargo de la situación; la mirada clavada en el sangrante cuerpo y una cautela no propia de un ratero de poca monta como él.

—Seré un gallina, pero no un estúpido. Y del cobarde será el reino de los cielos.

—Del cordero, gilipollas.

—Pues eso. Del cobarde.

Toño se negó a seguir discutiendo con su compañero. Sabía que sería inútil. Así que se armó del poco valor que tenía, se puso en cuclillas y comenzó a rebuscar en los bolsillos de su objetivo. Poco fue el tiempo que tardó su trasero en besar el embarrado suelo cuando, de improviso, aquel deshecho humano comenzó a toser con insistencia para llevarse luego una mano a los riñones.

—¡Mierda! Te lo dije —exclamó Toño con el corazón a punto de salírsele por la boca.

—¡Corre! —gritó Tachas estirándole del brazo.

—Espera —lo retuvo su compañero en un momento de lucidez después del subidón de adrenalina—. Se me ha ocurrido una idea.

Volvió a ponerse en cuclillas junto al cuerpo, lo zarandeó suavemente y con voz pausada y calma le preguntó:

—Eh, colega, ¿estás bien?

—¿Qué ha pasado? —replicó el interpelado entre toses.

—No sé, tío, pero a tu compañero le han rajado una nueva sonrisa.

—… Mierda.

—Esa herida no pinta nada bien, compadre. Deberías ir a que le echaran un vistazo. Nosotros te llevaremos a ver a un médico.

—Gracias —respondió en un hilo de voz.

Tachas, con la sorpresa desdibujada en el rostro, agarró a Toño fuertemente por el brazo, lo obligó a ponerse en pie, lo alejó unos metros del desconocido y con la mirada cargada de reproche le dijo entre susurros:

—¿Estás loco? ¿Desde cuándo eres el buen samaritano? Si lo llevamos al hospital nos harán un montón de preguntas.

—Suéltame —replicó también susurrante—. No vamos a llevarle a un hospital. Iremos a ver al Cura.

—¿Al cura? ¿Es que quieres que le den la extremaunción? ¡Ay! —se quejó con razón al recibir un contundente cachete entre las orejas.

—Al Cura, gilipollas. Puede que sus riñones no valgan una mierda; el tío huele a alcohol que apesta. Pero sus ojos… Los ojos se venden caros, colega.

—Aaaah… —cayó en la cuenta—. Al Cura —entrecomilló con los dedos—. ¡Qué bueno que eres, tío!

—Por eso soy el jefe.

—¡Tú no eres el jefe, cabrón!

—Cierra el pico y ayúdame a llevarlo al coche —dijo tras golpearlo con fuerza en el hombro hasta hacerle trastabillar—. Él prefiere recibir la mercancía aún con vida.

***

Cuando Toño golpeó con la palma de la mano sobre la chapa metálica que recubría la puerta trasera del refugio del Cura, un frío abrasador se la hirió. La agitó con fuerza y trató de evitar mentar los muertos de nadie. Nunca le había gustado aquel sitio, pero sabía que en esos momentos sería el único lugar para conseguir algo de guita en una noche de mierda como aquella.

La puerta se abrió después de unos tensos minutos de espera mientras el cuerpo del desconocido (que llevaban entre Tachas y él) se hacía cada vez más pesado después de que este perdiera por enésima vez el sentido. Frente a ellos, con el porte serio y escalofriante, estaba el Cura. Un tipo de casi dos metros de altura, escuálido, de piel curtida, los ojos hundidos en las cuencas y escudados tras unas finas lentes de montura de titanio; el cabello gris cortado a cepillo y una barba plateada de tres días. Vestía de negro, lo que acentuaba su delgadez, y por supuesto, lucía alzacuello.

No medió palabra. Se limitó a escrutarlos con sus inquietantes ojos hasta congelarles el alma y luego se apartó a un lado para permitirles el paso. Cruzaron el umbral con la pesada carga a cuestas para luego bajar por las estrechas escaleras que conducían, a su entender, al mismísimo infierno.

El lugar apestaba a moho y humedad, con un punto dulzón mezcla entre el incienso y el formol. El incienso procedía de la capilla que había en el piso superior y en el que todos los días, de seis a siete de la tarde, el Cura decía la misa. El formol procedía del sótano, donde había instalado un quirófano y en el que todas las noches, de cinco a siete de la madrugada, extraía órganos de indigentes e inmigrantes.

Se especulaba mucho acerca de la procedencia del Cura. Historias y habladurías que iban de lo ridículo a lo grotesco. Seguramente, ninguna era cierta… o tal vez todas.

—Dejadlo sobre la camilla —ordenó con una voz tan gélida como indiferente.

—Tiene una herida en el costado —le dijo Toño con la esperanza de que aquella información sirviera de algo—. No creo que aguante mucho.

—Vamos a ver. Ayudadme a darle la vuelta.

Toño y Tachas obedecieron sin rechistar. Ayudaron a darle la vuelta al candidato a cadáver y luego le levantaron la gabardina empapada en sangre para dejar al descubierto la herida. El Cura arrugó la nariz y murmuró:

—No le queda mucho.

—Creemos que los ojos podrían servirte —apuntó Tachas.

—Eso lo decidiré yo —dijo mientras se ponía la bata de cirujano y sacaba una pequeña linterna de uno de los cajones del recogido quirófano—. Los oculares se estropean con rapidez antes incluso de la defunción. Necesitan una buena irrigación todo el tiempo.

El Cura se detuvo petrificado al mirar finalmente a los ojos del donante, como si lo reconociera. Se recompuso, se enfundó los guantes y comenzó a sacar el instrumental.

—¿Cuál de vosotros dos, Toño y Tachas, va a ser candidato voluntario para donar un riñón a este hijo de Dios?

—No bromees con esas cosas, Cura —sonrió Tachas nervioso.

—Yo nunca bromeo —respondió tras sacar una pistola con silenciador de uno de los cajones del carro de curas y apuntarles con un brillo sereno en los ojos—. ¿Quién va a ser el primero en darme una muestra de sangre… voluntariamente? ¿Quién sabe? A lo mejor tenéis suerte y ninguno de los dos sois compatibles con el receptor. Algo que, por otro lado, me cabrearía mucho —dijo con una sonrisa. Tal como sonreiría el mismísimo demonio.

***

Tachas languidecía en el asiento de copiloto entre temblores y sudores fríos. Toño miraba al frente, incapaz de dirigirle la palabra por miedo a lo que pudiera pasar.

—Eh, tío, ¿te encuentras bien? —le preguntó finalmente.

—¿Tú que coño crees? Me han quitado un riñón, voy a morir.

—No seas exagerao. La gente puede vivir sin un riñón. …Menos, eso sí, pero puede vivir.

—¿Quieres no animarme, gracias?

Amanecía en la ciudad. Los barrenderos ponían las calles y las aves nocturnas volvían a sus nidos en busca del descanso para que otras ocuparan su lugar. El miedo a la oscuridad comenzaba a rasgarse con la primera luz del día, pero Toño sabía que aquello no era más que una tregua.

—Me pregunto quién cojones sería el tipo ese —masculló revolviéndose en el asiento.

—¿Quién? ¿El hijoputa que ahora tiene mi riñón? —replicó de mala gana Tachas.

—No, el otro. El que sacó la navaja y empezó a rajar.

—No era un tío. Era una tía.

—Tú qué cojones sabes. Estaba oscuro.

—Di lo que quieras, pero ese cabrón tenía tetas.

Fin de la primera entrega.

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