Maldito (segunda entrega)

Antes de empezar a leer…

1. Si no sabes qué es esto, te recomiendo que leas la entrada:

Introducción a Maldito

2. Si te perdiste la primera entrega, pincha AQUI para leerla.

Y ahora sí. Sigue descubriendo más de Maldito.

Sentía la lengua pastosa y los párpados pesados como lápidas. Tenía la sensación de que una apisonadora le hubiera machacado los huesos y luego lo hubieran tirado al vertedero. La visión borrosa era un vivo reflejo de la rapidez de sus neuronas, que intentaban procesar un cúmulo de información confusa y aturullada en el cerebro.

—¿Dónde estoy? —consiguió preguntar a la mancha oscura que le daba la espalda.

—Tu pregunta carece de importancia en estos momentos.

—¿Cómo he llegado hasta aquí?

—Sigues haciendo las preguntas equivocadas.

—Y ¿qué demonios se supone que debo preguntar?

El Cura dejó de trastear con los bártulos, arrastró el taburete hasta la camilla y, con una expresión carente de emoción, le dijo:

—Deberías preguntar, cómo vas a recuperar lo que has perdido.

Se puso en tensión. ¿Quién mierdas era aquel tipo y cómo sabía que había perdido la llave? Estaba claramente en desventaja, así que lo mejor era salir de allí cuanto antes.

—Ir a ver a Miki no es la mejor solución ahora mismo —interrumpió el Cura sus elucubraciones—. Lo que allí había y que muchos buscan ha cambiado de dueño. Como últimamente tiene por costumbre.

—¿Cómo cojones sabe usted todo eso?

—Ahora mismo el cómo carece de toda importancia.

Era como estar frente al maestro del Pequeño Saltamontes… o peor, frente al mismísimo demonio. Zalamero, enigmático y un brillo incómodo en los ojos. Sus ojos…

—¿A qué demonios juega? Dígame de una vez lo que quiera decirme y déjeme en paz. No me apetece una mierda perder mi tiempo —agregó mientras trataba de incorporarse en la camilla.

Desarmado, sin ropa… No le gustaba nada la sensación de indefensión. Nunca le había gustado. Ahora menos que nunca.

—Y en sus ojos hallarás la marca de los malditos —comenzó a salmodiar el Cura—, aquellos que cayeron, pero fueron bendecidos. Y en su camino cruzarán por sendas sombrías, pero en todas ellas Mi luz será su guía.

Las palabras reverberaron entre aquellas cuatro paredes. Mientras el Cura las había dicho no se había dirigido a él ni una sola vez, entretenido en buscar la ropa de su invitado.

—¿Le conozco? —preguntó contrariado mientras se vestía sin quitarle el ojo de encima.

—No.

—¿Me conoce?

—No.

—Entonces, ¿por qué me ha ayudado? ¿Por qué me suelta ese discurso? ¿Quién cojones es usted?

—Acepta un consejo: el Diablo tiene muchas caras, pero solo un nombre.

—¿Qué clase de consejo es ese?

—Uno que espero no recuerdes cuando ya sea demasiado tarde. Y ahora ve. La ramera de Babilonia te está esperando.

No muy convencido subió por las escaleras que daban a la capilla, salió por la puerta trasera y anduvo inquieto hasta el final del callejón. Ante su asombro dio a parar con una enorme plaza plagada de palomas y feligreses. Ahora a su espalda tenía la catedral, el lugar del que venía. La imagen le provocó un escalofrío.

***

Miki el Hoyuelos no era un tipo agradable. Tenía el rostro carcomido por la secuela que le había dejado la viruela, unos ojos lechosos y unos dientes tan apestosos y deformes como sus manos pequeñas y acartonadas. No mediría más de metro sesenta, pero ocupaba un volumen considerable merced a una obesidad casi grotesca. Y todo lo despreciable que era físicamente no lo paliaba en absoluto con su apabullante personalidad. Sudaba ambición y sadismo por cada uno de los poros. No era indulgente ni comprensivo. Era un déspota, un ególatra, un cínico y otros tantos adjetivos poco halagadores. Aunque sin duda, para Miki eran todo un abanico de virtudes.

Le resultaba incómodo estar ante su presencia, pero después de haber estado un año trabajando para él, había aprendido a no mirarlo fijamente y a pensar en duchas de agua fría en vez de en cerdos retozando en el porcal. Ahora podía sentir sus pútridos ojos escrutándolo de arriba abajo como si trataran de rozarle el alma. Si pudiera largarse lo haría sin dudar ni un instante, sin embargo había aceptado aquel trabajo y su deber era estar delante de aquel engendro para anunciar su fracaso.

—Tienes mala cara, muchacho —dijo aquella babeante boca.

—He pasado noches peores.

—¿Conseguiste lo que te pedí?

—No. Alguien se me adelantó.

—¿Esa es tu excusa? —preguntó con los ojos entrecerrados como un astuto depredador.

—Las excusas son de malos perdedores. Yo solo te informo.

La dentuda y deforme boca de Miki el Hoyuelos se abrió en lo que parecía ser una sonrisa socarrona. La respuesta le había agradado, y aunque eso debería ser una buena señal, el interrogado no lo percibía así.

—¿Sabes quién se te adelantó?

—No. Pero podría averiguarlo.

—Deberías. Por tu bien.

Dio media vuelta sin mediar palabra para dejar a su patrón y a los fornidos matones a su espalda. No se fiaba de las buenas intenciones de Miki, pero si se equivocaba en su apreciación, saldría mejor parado de lo que había esperado en un primer momento. No se encontraba bien. Aún se sentía débil y le dolía a rabiar el costado que le habían acuchillado unos días antes. Así que si querían rematarlo que lo hicieran de una vez. Eso sí, ya se encargaría él de llevarse a unos cuantos por delante.

—Espera —interrumpió Miki su marcha—. Que Sol te acompañe.

De la oscuridad, como si hubiera sido escupida de ella, salió una mujer de piel morena y melena azabache; de ojos negros como el abismo y mirada penetrante. Llevaba también ropas oscuras y caminaba con el sigilo y la cautela de los felinos. Ni siquiera la había visto y parecía que llevara allí desde el principio.

—Si es lo que quieres… —Se encogió de hombros sin darle mayor importancia.

—Quiero. Al fin y al cabo ella sabe lo que ando buscando, ya que tú ni lo preguntas.

—Si hubieras querido que lo supiera ya me lo habrías dicho.

—Buen chico, sí señor. Tan listo como siempre.

Salió del despacho con Sol como su sombra. La estridente música de La Puta de Oros los golpeó de lleno, así como el hedor a alcohol y vómitos. Se abrieron paso entre los tambaleantes cuerpos ebrios de lujuria y llegaron al callejón.

—¿Tienes coche? —preguntó a su acompañante.

—No.

Siguió caminando como si tal cosa. Un frío abrasador se le había postrado en la nuca. No quiso darle importancia. La noche había asomado fría y húmeda a aquellas horas intempestivas. Se subió el cuello de la gabardina y metió las manos en los bolsillos. Sintió alivio al percibir el suave tacto de la empuñadura de su navaja. Solo le había respondido con un simple «No», pero había sonado espeluznantemente extraño. Como si la voz no fuera suya.

Cogieron un taxi que los llevó hasta la catedral en poco más de diez minutos. No volvieron a cruzar palabra alguna. Ni una mirada ni un suspiro. Algo andaba mal. Lo sentía tan vívido como el frío que seguía calándole los huesos.

Caminaron por la estrecha y oscura callejuela que él recordaba haber tomado al salir de la catedral hasta llegar a la pesada puerta de madera contrachapada. Golpeó con contundencia y esperaron a que el Cura apareciera por ella. Al poco de llamar se abrió una pequeña abertura en la entrada, a la altura del estómago, y por ella apareció la boca de una escopeta recortada que restalló en un fogonazo de luz y pólvora, haciendo volar por los aires a Sol.

—Te estaba esperando, zorra —escuchó claramente la voz inconfundible del Cura tras la puerta.

***

Ladridos y maullidos acompañaban con su coro la escena que aún apestaba a pólvora. Todo había sido tan rápido que apenas sí había tenido tiempo a pestañear. El Cura salía del umbral todavía con la escopeta en la mano y una sábana plegada de color marfil en la otra.

—Ayúdame a meterla dentro —ordenó mientras extendía la tela sobre el cuerpo de Sol, que rápidamente lució un estampado carmesí.

—No discutiré las órdenes de un hombre que podría volarme la tapa de los sesos —replicó tras encogerse de hombros y ponerse manos a la obra.

Entraron a Sol en el recinto cogiéndola por axilas y tobillos, y a trompicones consiguieron bajar las escaleras hasta el quirófano. La pusieron sobre la camilla y luego, en silencio, trataron de recuperar el aliento. Parecía increíble que una mujer como ella pesara tanto.

El Cura sacó unas abrazaderas de un cajón y ató las muñecas y los tobillos de Sol a los asideros de la camilla. Con sumo cuidado se aseguró que la sábana cubriera por completo el cuerpo de su nueva paciente y rebuscó en el carro de curas una herramienta un tanto peculiar. Mientras tanto, sigiloso, su cómplice involuntario le echaba el ojo a la escopeta recortada que el Cura había dejado sobre una mesa y se adueñaba de ella para luego apuntarle a la espalda.

—No me gustaría matar a un siervo de Dios por si existe el de arriba y se mosquea —le anunció aferrando con decisión la escopeta—, pero le aseguro, Padre, que lo haré si no me dice ahora mismo por qué se ha cargado a uno de los ejecutores de Miki el Hoyuelos.

—Tú no lo comprendes, muchacho. No podrías comprenderlo —dijo sin volverse mientras apartaba con cuidado la sábana del rostro de Sol.

—Haré un esfuerzo. Y ahora hable.

El aludido siguió tan frío e indiferente como hasta la fecha. Aproximó la herramienta médica a las cuencas oculares de la chica, le abrió los párpados y comenzó a extraerle el ojo izquierdo con pulso firme y seguro.
—¿Por qué no la deja en paz? ¡Ya está muerta, por el amor de Dios!

—No blasfemes —ordenó con la vista vuelta ligeramente sobre el ofendido—. Ya sé que está muerta, pero necesito información. Esa zorra sabía que venías a verme, pero lo que no esperó fue que yo tuviera esto —dijo acariciando la sábana.

—Mire, a mí sus rollos personales me la traen floja, pero me importa mi pellejo, ¿sabe? Miki no va a permitirme un segundo error.

—Miki ordenó tu muerte, estúpido, pero le salió el tiro por la culata.

—A mí ya empieza a dolerme la cabeza.

Resopló, bajó el arma y se dejó caer plomizo sobre un taburete.

—Las respuestas están aquí —sentenció el Cura, que por fin se volvió hacia él para mostrarle el ojo extirpado que luego depositó en una bandeja metálica.

—No tengo hambre, gracias.

—Veremos si sigues conservando el humor cuando descubras la verdad.

Se levantó del taburete con la bandeja en la mano, caminó hacia una de las vitrinas y sacó de un estante algo parecido a un cáliz de acero inoxidable. Vertió en él el contenido de una petaca que guardaba en el bolsillo, metió el ojo y luego encendió una cerilla para seguidamente arrojarla en el recipiente.

—¡Puta del infierno! —comenzó la invocación—. ¡Soy Malaquías, siervo del Grande y Todopoderoso! ¡Muéstrate ante mí, obedece! ¡Muéstrate ante aquel que te ha liberado de tu prisión!

Su acompañante no sabía si reír o dispararle de una vez en la sesera. Un tufo a putrefacción salía de aquella copa metálica y un humo amarillento se concentraba cada vez más y más sobre ella. Se sentía estúpido, pero al mismo tiempo estaba absorto con la puesta en escena.

—Cuánto tiempo, Malaquías, viejo amigo —dijo una sibilante voz de mujer procedente de la pequeña columna de humo amarillento que, sin previo aviso, había tomado la forma de una cabeza humana—. Creí que nunca podría deshacerme del dominio de ese cuerpo.

***

Aquella cabeza traslúcida de rasgos ora de mujer, ora de hombre, ora de ninguno de los dos, lo escrutaba con ojos vacíos y diabólicos y una sonrisa socarrona y maliciosa. Quiso echar mano de la entereza, pero por primera vez en su vida no tuvo muy claro si sabría para qué le serviría en esos momentos. Mientras tanto, el Cura seguía impertérrito, como si tal cosa.

—Vaya Malaquías —dijo alegremente lo que fuera aquel ser y sin apartar la vista de su nuevo objetivo—, veo que hay un maldito contigo. ¿Nos conocemos, chico? Me resultas familiar.

—Calla, mala puta —replicó el Cura—. Dime qué busca ese engendro que se hace llamar Miki el Hoyuelos.

—Oh, viejo amigo, no sabes cuánto echaba de menos tus halagos —suspiró mientras volvía la vista sobre su interlocutor.

—Responde.

—Sabes que lo haría si pudiera, pero pasé demasiado tiempo encerrada en ese cuerpo, y al final ocurrió el peor escenario posible. La lagarta esta consiguió controlarme hasta dominar gran parte de mi poder y mis recuerdos. La verdad, habría preferido que se volviera loca como les pasa a muchos otros.

—Si hubiese querido una lección de demonología me habría comprado un libro, así que deja de andarte con rodeos.

La neblina en forma de cabeza osciló arriba y abajo en un baile perturbador que mostraba su descontento. Acto seguido, el quirófano empezó a cubrirse con una fina capa de escarcha que parecía dispuesta a devorarlo todo. Poco después, retomó la compostura y volvió a mostrar su peculiar sonrisa.

—En recuerdo de la amistad que nos une, voy a pasar por alto el hecho de que te hayas atrevido a compararme con un demonio e intentaré responder a la pregunta a pesar de tus modales. Conociendo la devoción que sientes hacia ÉL, imagino que deben de ir por ahí los tiros, así que veamos… Hmmm… Creo que era algo acerca del códice.

—¿Cuál de todos? —preguntó de mala gana con los puños bien apretados.

— Déjame pensar. —Frunció el ceño neblinoso—. Hmmm… Oh-oh.

—¿Qué es eso de oh-oh?

—Por ser quien soy no sé si debería decir que me temo que hayan podido dar con él… pero sí. Es EL códice.

El Cura hizo un amago de dar un paso atrás para luego retomar la postura firme y decidida. Sin duda aquello no parecía muy buena señal.

—¿Estás segura, vieja chocha?

—Insisto. No me temo que sí.

—¿Quién lo tiene? ¿Miki? ¿Lo tiene Miki?

—De haber sido así, querido, te puedo asegurar que ya nos habríamos enterado. Aunque también puede que esté equivocada. En realidad es muy difícil saber con qué finalidad querría un ente como él el códice. ¿Para asegurarse el poder? ¿Para rendir tributo Al Que Vendrá? Aún después de tantos milenios, sigo sin comprender lo que lo mueve a actuar; aparte de la avaricia, por supuesto.

Malaquías se rascó el mentón, se limpió el sudor de la frente, se pasó la mano por la nuca y comenzó a caminar de arriba abajo por la sala. Sus pisadas iban deshaciendo la escarcha hasta formar un surco claro en el suelo.

—¿Y sabes por qué querían matar al muchacho? —preguntó tras detener la marcha en seco.

—¿En serio? —replicó sorprendida—. ¿Miki quiso deshacerse de un maldito? Vaya, eso es algo que jamás habría dicho. Ya conoces las reglas, así que, ¿para qué iba a buscar una cerradura sin asegurarse de tener al menos una llave? Es absurdo.

—Pero si no es Miki, entonces quién.

—Me temo que no puedo ayudarte en eso, cariño. Mi memoria no alcanza para nada más y empiezo a estar cansada.

—Lo comprendo —dijo apoyando las manos sobre la camilla donde reposaba el cadáver de Sol—. Puedes irte. Te echaré de menos, preciosa.

—¡Arg! —rugió la niebla cuyo rostro comenzó a desdibujarse en el aire hasta desaparecer—. Cuando quieres sabes ponerte de un desagradable…

El Cura sonrió con la boca torcida, mezcla entre el regocijo y la tristeza, para luego dejar caer la cabeza entre los hombros. Parecía tan abatido como consternado.

—¿Piensa decirme de una vez qué coño está pasando? Yo solo tenía que darle una paliza a un tipo y recuperar algo para Miki. Nada más. Un trabajo sencillo. Paliza, llave. Punto. Sin embargo aquí estoy. Las pelotas congeladas de frío, un tajo en el costado que duele del copón y la sensación de que estoy metido de lleno en un pozo de mierda.  Así que dígame, ¿qué, o quién era eso?

—Un ángel. Un precioso ángel. —Volvió a sonreír Malaquías, esta vez con añoranza.

Fin de la segunda entrega.

Please share:
This entry was posted in $1$s. Bookmark the permalink.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>