No pediré disculpas

No pediré disculpas es el título del libro de ensayo en el que llevo un tiempo trabajando (a ratos, no te voy a engañar). Al principio, el título era más largo (No pediré disculpas por existir), pero después de realizar una consulta por Twitter, lo acorté. La decisión final no fue solo por una cuestión de sonoridad e impacto, sino porque, dados los temas y el enfoque, me pareció bastante más acertado generalizar todo el contenido del ensayo que limitarlo a la parte de mi experiencia como autora.

En el libro cuento lo que viví dentro del fandom, el mundo editorial, etc. durante el periodo comprendido entre 2010 y 2020 (como autora y como friki). Empieza en un tono distendido, contando mis batallitas de abuela cebolleta, y, poco a poco, se va volviendo más serio. Los primeros artículos son cortos y, conforme me voy acercando al periodo comprendido entre 2018 y 2020, se vuelven más extensos, con datos y esas cosas. Numeritos, que me gustan mucho.

Uno de los artículos se publicó el año pasado en La nave invisible con el título Vigilancia eterna. Dado que trataba sobre lo ocurrido en la Semana Negra de Gijón ese verano (2020), me pareció de recibo publicarlo ya, en lugar de esperar a que el libro estuviera terminado y con casa/editorial. Desde aquí, mi sincera gratitud a las tripulantes de la Nave por cederme un espacio y darme voz.

Desde entonces, no dejo de dar vueltas a la idea de publicar en esta página algún que otro artículo de los que aparecen en el ensayo. ¿Por qué? Porque me apetece. Es mi página y hago con ella lo que me plazca. Y después de lanzar la consulta en Twitter y comprobar que, al parecer, hay interés, ¿para qué retrasarlo más?

Entre lo que ya tengo escrito, ¿qué sería mejor publicar en primer lugar? Pues se me ha ocurrido que, como presentación, estaría bien publicar el primer artículo, titulado «Antecedentes». Creo que, para que te hagas una idea del tono inicial, es el más acertado. Soy consciente de que, en realidad, puede ser un riesgo (por ese tono que comento), pero… ¿sabes? Me la suda. Desde que pensé en el proyecto por primera vez, tuve muy claro que este libro verá la luz de una forma u otra. Los tiempos de «Cuidadín con qué y cómo lo dices, que igual no te publican en ninguna parte» ya pasaron. Viva las nuevas tecnologías.

Pero no me enrollo más. Ahí va el primer artículo. No es gran cosa, pero es mi cosa. Seguro que le falta un buen pulido (está copiado tal cual), aunque eso es lo de menos. Ya me dirás, por Twitter, qué te parece el arranque.

Antecedentes

Antes de entrar en materia voy a explicarte, por encima, mi entrada en el fandom y lo que allí me encontré; tanto lo bueno como lo malo. Quizás te sirva para entender mejor la importancia de lo que fue sucediendo en años posteriores.

En 2005 mis únicos contactos frikis eran roleros y tolkienianos (incluso acudí a Mereths y Estelcones pese a que no me gustan las novelas del autor). Un grupo de estos últimos, con quienes me llevaba muy bien, eran, además de la STE (Sociedad Tolkien Española), socios de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) y miembros de la TerVa (Tertulia Valenciana), y me animaron a que acudiera a alguna de sus reuniones/tertulias. Estas resultaron ser cenas pantagruélicas que se organizaban cada quince días en un bar de Burjassot. Nos poníamos hasta los topes de bocatas de barras de pan de cuarto, tapas mil, cervezas y jarras de sangría, mientras hablábamos de libros, de autores patrios (ellos, porque yo desconocía por completo el panorama literario español), de cine, de series… Sí, ellos. Yo era la única chica. Y sí, autores, en masculino.

Fue en una de estas cenas donde me descubrieron una cosa llamada HispaCon y que, al parecer, se organizaba todos los años, cada vez en una ciudad distinta. Ese año tocaba en Vigo, y como por aquel entonces yo era un culo inquieto que se recorría media España para participar en cualquier evento friki (¡y ese era literario!, una novedad para mí), pues me apunté sin dudarlo.

Ah, Vigo. Sospecho que quienes también asistieron a esa edición estarán de acuerdo conmigo en que fue la mejor peor HispaCon de la historia. Vamos, con que alguien susurre «CosmosCon», nos sale una sonrisilla… Es inevitable.

El evento en sí fue una mierda (así, con todas las letras), pero las charlas y debates en el bar de enfrente, el Cosmos, que nunca se vaciaba de frikis y, por tanto, siempre tenías con quien hablar, aunque no conocieras a esa persona de nada, fueron impagables. En mi caso, además de conocer a quien sería mi pareja (me fui a vivir a Gijón al año siguiente por algo) y con quien acabaría casándome trece años después, me sirvió también para entrar en ese mundo literario friki, hasta entonces desconocido para mí, y, a la postre, establecer relaciones de amistad con gente entendida o que, directamente, trabajaban en el sector y conocían los entresijos (y el salseo) mucho mejor que yo.

Después de aquello, me hice socia de la AEFCFT, me pasé por sus foros de YahooGroups, acudí a la HispaCon de Dos Hermanas (mucho mejor que la de Vigo), descubrí la existencia de la Semana Negra de Gijón (que cedía una parte de su espacio para que el primer fin de semana, por las mañanas, se celebrase la AsturCon —lo más parecido que había entonces al festival Celsius232 en Asturias), participé en la página de foros Estación de nieblas (que alguien me corrija si me equivoco, pero me suena que surgió a raíz del cierre de la de Cyberdark) y mil cosas más. Estaba tan emocionada por descubrir a tanto friki de la literatura de género… Era obvio que hasta entonces había vivido en una burbuja. No por elección, sino por desconocimiento. Por ejemplo, ¿cómo iba a saber que el grupo de madrileños con quienes había hecho buenas migas en una serie de roles en vivo (Ludo, Conchi, Chus, Alejandro…) formaron parte de la TerMa (Tertulia Madrileña) y fueron socios de la AEFCFT? ¿Cómo sale eso en una conversación de rol?

Por supuesto, me puse al día enseguida. Me pusieron, más bien; sobre todo, el grupo asturiano del Avalon. Así supe de las guerras del fandom, las movidas editoriales, los piques, las pullas, las conspiraciones absurdas… Como aquella de que Rodolfo Martínez se quería apoderar del fandom, cual villano de Bond, pero que, en realidad, quien estaba detrás era Natalia Cervera, la Gran Manipuladora, la Arpía (una mujer, cómo no), que tenía a Rodolfo Martínez, a Antonio Rivas (Gorinkai) y a Alejo Cuervo bajo sus órdenes. Repito: hacerse con el control del fandom. ¡Toma ya! Vamos, lo que había experimentado en el mundillo del rol eran menudencias comparado con aquello.

Recuerdo esa época con nostalgia, un carrusel de emociones. Con treinta años, me independicé, me fui a vivir a la otra punta de España, conocí a un montón de frikis y, encima, recuperé mi sueño de publicar algún día, porque por fin sabía qué había que hacer, a qué puertas había que llamar, etc.

Pero no todo fue maravilloso. Las frikis éramos pocas, y autoras, menos. O eso pensaba entonces. Aún tardaría casi diez años en descubrir lo equivocada que había estado. De la misma manera, tampoco era consciente del todo de lo «desprotegidas» que estábamos. Y para que entiendas ese grado de desprotección, te voy a contar dos anécdotas que me marcaron mucho; como friki y como autora.

Me publicaron por primera vez en febrero de 2006, en la revista electrónica Axxón (Argentina). Se trataba de un cuento largo de terror que, aunque lo listo en la bibliografía de mi página web, porque decidí que ahí lo recogería todo, jamás lo menciono como parte de mis inicios cuando me preguntan. El porqué es muy sencillo: me siento incómoda con los motivos por los que acabó publicado.

Por aquel entonces, me había inscrito en un taller de escritura online que dirigía Sergio Gaut vel Hartman, entre otros colaboradores. Empecé con mucha ilusión, aunque pronto me di cuenta de que era un taller inútil, si lo que querías era aprender. Allí nadie explicaba nada. Se proponían premisas para relatos que después se «corregían» entre los participantes. Dime tú a mí qué va a corregir alguien que no sabe, que está ahí porque necesita aprender. Así que supongo que no fue de extrañar que saliera escopetada de allí en cuanto ocurrió el «incidente».

No recuerdo bien cómo empezó la movida, solo que, cierto día, Sergio Gaut vel Hartman empleó el foro del taller para poner a caer de un burro a la autora venezolana Susana Sussman, por algo que esta le había dicho. La llamó de todo menos guapa. ¿Estirada o algo así, o me lo estoy imaginando? Yo no entendía muy bien de qué iba todo aquello, pero mi primer impulso ante sus lloriqueos (porque entonces yo era así de idiota) fue escribir a Hartman un mensaje de apoyo. Mi intención fue enviárselo por privado, pero debí equivocarme en algún sitio (entonces aún no controlaba mucho lo de internet y tal) porque lo publiqué en el foro, en abierto, sin darme cuenta. De primeras, me quise morir. Vale que decía lo justito, pero, bah, ese tipo de cosas las prefería decir por privado. Pues bien, aquí llega la parte turbia.

Al día siguiente (o dos, como mucho) recibo un email de Hartman en el que me pide un relato para publicar en la revista Axxón. Me siento muy confundida, porque es un tipo que nunca había mirado pa mí ni se había interesado lo más mínimo en los relatos que ya había publicado en el foro; pero, al parecer, habló con un amigo que teníamos en común y que le había contado cosas buenas de mí como autora. En ese momento pensé que qué guay, por fin alguien me daba una oportunidad, por fin iba a publicar. Sin embargo, mi cabecita no dejaba de dar vueltas a lo que había pasado, y para cuando el relato salió publicado, mi incomodidad estaba por las nubes y me daba todo mucho asco.

Aquí tenemos dos situaciones. La primera, y que nunca me quitaré de la cabeza, fue que se me publicase por haberme equivocado al darle al botón de enviar, y lo peor es que ni siquiera me paré a mirar de qué se lo acusaba ni leí la otra versión. Vi que se metían con alguien y fui incapaz de mirar más allá. Eso es malo. Maaalo.

Oh, está claro que ni Sergio ni nadie de Axxón corroborarán lo que estoy exponiendo y alegarán que «El cuento era bueno, por eso se publicó». Y lo era, coño, que lo escribí yo, pero el timing fue demasiado sospechoso y la lección implícita, muy chunga: lametones en las nalgas en la persona indicada para que al fin alguien se dé cuenta de que existes y te dé una oportunidad de publicar. Puf, qué mal lo llevo.

La segunda situación es bastante peor. De lo poco que recuerdo ahora mismo, lo que ocurrió fue que la escritora Susana Sussman tuvo la osadía de no callarse ante la, entonces, vaca sagrada que era Sergio Gaut vel Hartman y, encima, sin sonreír ni poner un mísero emoticono de ;-P o ^_^ en su mensaje. Qué desfachatez.  Y por ello sufrió un linchamiento feroz. Que si se lo tenía creído, que quién se creía ella…

Me jode que no haya sido hasta hace poco que no haya caído en la cuenta de lo que ocurrió en realidad, y mira que me he sentido molesta durante todos estos años. Supongo que lo achaqué solo a lo de la publicación, a la parte que me tocaba, pero es obvio que mi subconsciente lo tenía más claro que yo. Machistadas: entrañable que una mujer quiera escribir, pero que no moleste al resto, que se quede calladita en su rincón y, por supuesto, que no se le ocurra criticar a nadie.

Aquel no fue un caso aislado. También le tocó sufrir algo del estilo, aunque a menor escala, a una aficionada, una friki: yo. ¿Por qué? Porque se me ocurrió dejar un comentario en el blog de Julián Díez (otra vaca sagrada en aquel entonces) defendiendo a un chaval al que estaban acusando de troll (fue un linchamiento en toda regla), cuando lo único que el pobre había dicho era que no estaba de acuerdo con lo que el periodista decía en la entrada que había publicado.

Bueno, bueno. Qué ocurrencia la mía. Casi me acusan de troll también. Pero ahí no acaba la cosa. Ante la reacción a mi comentario, que me dejó flipando en colores amarillos, escribí un artículo en mi blog titulado «Y ahora nos chupamos las pollas». Sí, has leído bien. Yo, tan delicada como de costumbre. En él describía ciertos comportamientos palmeros que había detectado en blogs como el de Julián Díez o el de Rafael Marín, entre otros, y la actitud pontificadora de estos últimos, que no reaccionaban bien a que alguien les llevara la contraria. Siendo ese «alguien» cualquier persona a la que no considerasen relevante según sus estándares; es decir, quien era colega y quien no. En aquella época, además, era un pecado mortal criticar la obra de otra persona; se entendía como una falta de compañerismo. Si no ibas a poner a alguien por las nubes, entonces mejor te callabas. Y si no eras «nadie», con más motivo aún.

Así que la reacción a la entrada de mi blog no se hizo esperar. Julián, cual elefante en cacharrería, me dejó un comentario kilométrico exigiendo (sí, sí, exigiendo) que me disculpara. Yo, que leí deprisa y corriendo el mensaje, entendí que los tiros iban por otro lado y pedí disculpas. Cuando lo releí con calma, en el ordenador del curro, me di cuenta de lo que este me estaba diciendo en realidad y que mi respuesta daba a entender que achantaba, cuando no estaba siendo el caso. Ay, madre. Pero, bueno, aquello hasta tuvo su gracia y dio para horas de tertulia en el Avalón, rodeada de gente que conocía a Julián y flipaban tanto como yo. Sin embargo, dejó de tenerla cuando este, erre que erre, se puso a descalificarme en su blog, soltando la famosa perla: «Es una grupi fea que va de diva». Así, tal cual. Nunca olvidaré la frasecita de marras.

Lo de fea me la bufó mucho. Me sonó a insulto de caca, culo, pedo, pis (y más cuando este no me conocía de nada). Lo de diva, pues parecido a lo que le ocurrió a Susana Sussman. Vamos, mira que decir lo que pensaba en lugar de alabarlo… Ahora bien, lo de grupi me sentó como un tiro. Mucho. Porque con aquel comentario me quedó muy claro que, si quería convertirme en una autora reconocida por mi trabajo, y respetada, desde ese mismo momento nunca podría decir que mi pareja era Rodolfo Martínez. Íbamos juntos a convenciones y festivales, pero me las apañaba para que jamás saliera el tema en ninguna conversación. Quería ser Felicidad Martínez, no «la novia de» y lo que eso implicaba para mucha gente. Desde el «es una robamaridos» al «publica gracias a él». No quería pasar por eso. Ya era bastante duro tratar de abrirse paso en el mundillo como autora, con a, para, encima, tener que cargar con un lastre como aquel; una etiqueta por la que sería más difícil que se me tomara en serio.

Diez años después, pensé que ese sería un tema más que superado, que ya no había motivos para andarse con tanto cuidado, así que dejé que saliera en una conversación sobre publicar, editoriales y tal. La respuesta de mi oyente, mostrando una sonrisa socarrona, fue: «Aaah. Ahora lo entiendo todo». ¿Qué entiendes, coño? ¿Me soltarías el mismo comentario y en el mismo tono si la situación fuera a la inversa? En fin. Parece que aún queda un trecho para superar ciertas gilipolleces, aunque hay esperanza.

El linchamiento de Susana Sussman o las descalificaciones que yo misma sufrí las vivimos en soledad. Hubo apoyos, por supuesto, sobre todo por privado, pero, al final, los matones se salieron con la suya, quedaron como reyes, como señores. Lo más gracioso, por llamarlo de alguna manera, es que entonces no achacaba todo aquello al machismo, porque vivía imbuida en él (como todas, supongo). Para mí, éramos pocas porque éramos diferentes a las «otras», a la mayoría, y lo normal era que tuviéramos que demostrar lo diferentes que éramos, con cuidado de no ofender a nadie. Ay, Dios, qué gilipollez. Es muy muy tarde, pero…, Susana (Sussman), fui una imbécil. Mis más sinceras disculpas por no pararme siquiera a mirar tu versión.

Esos son los antecedentes con los que arranca este ensayo. Es obvio que si esas situaciones sucedieran hoy, nos llamarían igual (feas, arrogantes, histéricas…), pero esta gente no se iría de rositas, porque hoy no estamos solas. Hoy somos legión. Y no toleramos a los abusones.

Entonces, jamás se me habría ocurrido dar nombres. Ahora, lo de ir con cuidado tiene un límite para mí, si este implica callar mi voz, dejar pasar abusos o tener que pedir disculpas por existir antes de hablar. Ese tiempo pasó. A estas alturas de mi vida, ya no temo que se me condene al ostracismo. Y a quien no le guste, pues, mira, este ensayo no es para ti. Punto.

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